La guerra ya entró. La lucha por el poder hoy en día no tiene fronteras ni reglas.
Por la vía de internet pasa todo. Ayer, una caricatura ejemplificaba magistralmente esto: sale por una llave un torrente inmundo donde va de todo. Un chorro de excremento de olores nauseabundos.
El bombardeo es por lo común anónimo. Cuesta, se paga. Millones y millones de pesos para hacer circular las más descabelladas mentiras e idioteces.
Pantallas, plataformas, celulares, son las alcantarillas repugnantes.
Por encima de la mesa, protagonistas sonrientes y cordiales. Por abajo puñales, infundios, difamación, insolencia, torpedos con absolutamente toda la maldad humana.
El objetivo más visible de la conflagración política es quien tiene el poder, el presidente y su candidata.
Contra el poder, absolutamente todo.
Lo convencional fue minado hace mucho.
Abunda el insulto, el racismo, el oprobio.
En este clima de caverna, invisibles terroristas inundan las redes con imágenes y textos difamatorios, burdamente humorísticos.
Lo execrable reina.
El odio y fanatismo atizan fogatas, manos e incendios.
Millones de dólares esparcen falacias y patrañas.
Hay millones de voluntarios que replican estos mensajes. Unos por diversión y fobia, los más por perversidad. La inmensa mayoría enanos mentales que gustosos son instrumentos de quienes combaten al poder.
Un tema recurrente es el odio racial. A su muy elemental manera atacan a este o aquella por su origen, su apellido, su condición física. Ni siquiera reparan en mirarse al espejo, explorar las raíces propias o estudiar el árbol genealógico de la especie humana que nos sitúa en África y que nos ha diseminado con cruzamientos mil por el planeta hasta rondar los 8 mil millones de humanos.
En la sociedad mexicana otra forma visible en la guerra estercolera es la majadería.
Se ven en redes a propagandistas que fingen hablar desde un oráculo, foro académico o pedestal de un medio, empiezan con un lenguaje y formas en apariencia neutrales, sensatas y con razonamientos incontrastables y solventes con estadísticas a la mano, pero les gana la repulsión ideológica y racista, y terminan vomitando una colección escatológica que por lo común, en personas así, es su mejor carta de presentación o su retrato de cuerpo entero.
Descalificar al otro, siempre desde el anonimato, con el insulto o la burla hiriente, el infundio o la falsificación, es el arma o recurso de la ignorancia o la cobardía.
Proceder así multiplica empatías en el terreno fértil de la ignorancia. Porque es el camino más ancho, cómodo y común para destilar odio. Ello crea afinidades, identidades, grupos y legiones.
Atrás, arriba, hay estrategas de la perversidad con millones de dólares.
Abajo, abundan tontos útiles, voluntarios o inconscientes compañeros de viaje.
También “profesionales” de la comunicación fieles y devotos del dinero, nunca emparentados con la búsqueda de la verdad, el equilibrio o la sensatez.
Si vemos la sociedad mexicana como un campo, es claro que estamos en un terreno feraz, fecundo para esta variedad de recursos bajunos donde predomina la aversión y el rencor.
Fatalmente, muy lejos de intentos o formas para construir una sociedad saludablemente democrática.
(Le recuerdo que cada jueves, de 7 a 8 de la noche nos escuchamos por RADIOBUAP 96.9 de FM, para conversar sobre las mil caras del idioma español a través de Te lo Digo Juan…)
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