Opinión

La política de Porfirio Díaz

Los treinta años del régimen porfirista. La dinámica política del porfirismo.

Porfirio Díaz Morí es un personaje odiado por muchos pero también amado por aquellos que opinan que durante su periodo de gobierno México alcanzó un desarrollo industrial favorable para estar a la vanguardia de los demás países del mundo. En las escuelas de educación primaria y secundaria se habla de Díaz como el dictador que conllevó a unos de los conflictos más severos de la historia, es decir la revolución Mexicana.

El discurso que sigue utilizándose es enarbolar a los héroes que dieron patria, sin explicar ni reflexionar los hechos y acontecimientos que han llevado a México a constituirse en la sociedad que actualmente es.

Niños, jóvenes y adultos muy poco conocen la historia de su país, ni mucho menos mandatarios, senadores y gobernadores, puesto creen saber que representan al país con largos discursos y trajes elegantes.

Ver el pasado otorga la posibilidad de enseñarnos qué ha cambiado y cuáles han sido los errores, en este caso analizar la política de un personaje permitirá acercarnos a un espacio histórico que quizás para muchos hemos regresado a esa forma de pensamiento, de autoridad, de relaciones, de burocracia y de compadrazgos.

Porfirio Díaz gobernó el país durante 30 de los 34 años que corren entre 1877 y 1911. Nació en Oaxaca en 1830, conocido como el actor principal en la lucha contra conservadores e imperialistas, optó por la carrera de las armas y llegó a obtener el grado de general. En tres ocasiones participó en la contienda por la presidencia, pero fue derrotado por Juárez y Lerdo (1).

Dos veces desconoció el resultado de las elecciones, la primera en 1871 con el plan de la Noria y la segunda con el plan de Tuxtepec en 1876. Rechazaba el excesivo poder del presidente de la república frente a los poderes legislativo, judicial y frente a los gobiernos estatales, por lo que se opuso ante la reelección (2). Aunque más tarde, no respetaría su discurso y los lineamientos de la constitución.

Obtuvo el reconocimiento de muchos y favoreció su política contando con el apoyo de caciques o líderes locales y militares desplazados por Lerdo y Juárez. De esa manera, recibió ayuda de pueblos y campesinado que defendían su autonomía política pero que a cambio aceptaban la desamortización o división de sus tierras entre sus miembros (3).

Ocupó la presidencia en 1877 y en su primer periodo respetó la bandera anti reeleccionista. Sin embargo, una vez en el poder no pretendía abandonar la silla presidencial, por lo que en 1890 eliminó de la constitución toda restricción a la reelección. Su ideología se basó en unificar y cohesionar las fuerzas políticas y regionales, así como dar legitimidad y legalidad al régimen.

Tener el reconocimiento internacional, optar por la conciliación y negociación, además de conservar la lealtad de los grupos que lo apoyaron así como atraer a sus viejos opositores fortaleció el régimen. Incluyó en su gabinete a liberales de trayectoria militar, política e intelectual y sobre todo dio lugar nuevamente a la iglesia católica (4).

Favoreció a sus amigos, premiándolos con puestos políticos por lo que se olvidó del pueblo, de los campesinos y obreros. Dejando una gran inconformidad en la sociedad del siglo XX, que posteriormente lo reclamarían los ideales de la revolución mexicana.

Hoy el contexto es el mismo, la política se enmarca en beneficiar a unos cuantos y dejar atrás a muchos sectores de la sociedad. A pesar de que el tiempo y el escenario histórico es otro, con un mundo globalizado, virtual y de redes sociales la dinámica es igual no todos tienen las mismas oportunidades, ni los privilegios que gozan los dignatarios, por lo tanto la política mexicana no ha tenido grandes cambios incluso pocos tienen confianza y credibilidad en el discurso de quienes representan al país.

Notas:

(1) Speckman, Guerra. Elisa “El Porfiriato” en Historia Mínima de México. Pablo Escalante Gonzalbo y otros. Universidad Veracruzana, Xalapa, Ver, 2010. p. 219.

(2) Ib., pp. 219-220.

(3) Ib., p. 220.

(4) Ib., pp. 223-225.