Continuemos con la historia que dejamos sin concluir la semana pasada:
Woodrow Wilson hizo un gran esfuerzo por recibir a su oponente político en el senado--Albert Bacon Fall—y cuando éste le expresó que estaba orando por él, Wilson le respondió en tono sardónico que en qué sentido ¿Para que mejorara su salud o para que muriera? (Woodward 15).
A pesar de una clara política intervencionista de Wilson en los países hispanoamericano en el inicio de su mandato, su salud y la nueva posición de Estados Unidos como un país que proclamaba la paz mundial a partir de un consenso nacionalista, no favorecían la intervención de Estados Unidos en México.
Tal vez no era el momento tampoco, ya que los soldados y la ciudadanía estadounidense estaban entusiasmados con la paz que se proclamaba reinaría de aquel momento en adelante.
“La Gran Guerra” había sido, de acuerdo a la propaganda de la época, el conflicto bélico que terminó con todos los conflictos bélicos.
Albert B. Fall no compartía estos sentimientos de paz, de hecho, fue uno de los políticos que estuvo en desacuerdo con los Tratado de Paz que se signaron en Versalles (Stratton 389).
El senador Fall buscaba a través del cabildeo ventajas económicas para las compañías petroleras norteamericanas, y esto significó luchar desde su curul en contra de las leyes que creaban parques públicos en territorios federales estadounidenses, a fomentar los intereses petroleros de los extranjeros en México.
Fueron aquellos “intereses petroleros” los que estaban haciendo lo posible para que el Estado le declarara la guerra a México a partir de 1918 para obtener control de los campos petroleros de Tamaulipas y Veracruz.
El senador Albert B. Fall sería condenado a la cárcel en 1931 por recibir $100,000 dólares de Edward L. Doheny que deseaba explotar los parques nacionales de Norteamérica, en un incidente recordado por la historia estadounidense como el “Teapot Dome Scandal,” y sería la unión de estos dos personajes los que trataron de propiciar la guerra contra México a partir del secuestro de William Jenkins en 1919 (Stratton 390).
En este elenco nos falta incluir a un petrolero estadounidense sumamente exitoso de nombre Edward L. Doheny que desde 1918 le había declarado una guerra ideológica de los conservadores estadounidenses al gobierno de Venustiano Carranza.
Aquel año lanzó un organismo encabezado por veinte académicos estadounidenses que analizaran las consecuencias negativas de la Revolución Mexicana, soltando de su bolsillo $100,000 dólares para que se llevara a cabo la investigación (Davis 1507) y también ese año creó la Asociación Nacional de Protección de Derechos estadounidenses en México, entre los que figuraban dueños de minas, explotadores de hule, banqueros y otros petroleros (Davis 1507).
Cuando concluyó la Primera Guerra Mundial (1918) animó a Wilson a que invadiera México y cabildeo a través de Harold Walker, Frederick Watriss, Frederick R. Kellogg, Guy Stevens y Hillary Branch que se declarara la guerra entre Estados Unidos y México.
Se preguntará el lector ¿qué intereses tenía este hombre de negocios en propiciar la guerra entre los dos países?
La Constitución de 1917 y el gobierno carrancista se habían convertido en un peligro para los intereses petroleros extranjeros: el artículo 27 se convirtió en una amenaza para los intereses petrolero de Doheny.
El 12 de noviembre de 1919 se le suspendieron a Fall los derechos para perforar en búsqueda de petróleo en México, alegando que carecían de permisos para hacer esas exploraciones (Davis 1533).
En aquel contexto los petroleros solicitaron que el Secretario de Estado Lansing les informara que apoyarían a las compañías petroleras, pero que no se declararía la guerra a México y no se romperían las relaciones diplomáticas.
Es en esta trama donde el secuestro de William Jenkins cobra relevancia: los halcones del Congreso estadounidense estaban buscando una causa que hiciera que ambos países entraran en guerra, y ¿qué mejor pretexto que el secuestro del agente consular estadounidense?
El escenario que se presentaba le caía de perlas a Doheny sus asociados estadounidenses y a los miembros del congreso que deseaban la guerra.
William Jenkins no ayudó a la causa de la paz entre ambos países: de hecho su postura había sido claramente intervencionista antes y después del secuestro, lo que parecía reafirmar la teoría del auto secuestro.
Sí estaba coludido con los partidarios de la guerra estadounidenses, les había dado en charola de plata el pretexto que buscaban para propiciar la guerra.
Con lo que no contaban fue con la firme intención de Wilson y su gabinete de no declararle la guerra a México, y con las firmes intenciones de Carranza de ser flexible respecto a las exigencias del Departamento de Estado americano.
Es en este contexto que le planteo, querido lector, deseo que reflexionemos sobre las acciones de Jenkins…
Esta tarde, 16 de noviembre, a las 19:00 horas, el Dr. Andrew Paxman presentará su libro en la librería Profética (http://www.profetica.com.mx/) y analizará este y otros puntos sobre el controvertido William O. Jenkins. El jueves 17 de noviembre presentará su libro en el sótano del Archivo General del Estado de Puebla (20 Sur 902, detrás del edificio de Finanzas frente al Hospital Betania) a las 12:00. Si gusta acompañarlo para plantear las inquietudes que les genera el estadounidense Jenkins o su Fundación, por favor acompáñelo.
Twitter: @Fofi5
Obras citadas
Margaret Leslie Davis Dark Side of Fortune: Triumph and Scandal in the Life of Oil Tycoon Edward L. Doheny. Berkeley: University of California Press, 1998.
David H. Stratton “Behind the Teapot Dome: Some Personal Insights.” The Business History Review. 1957 [citado 16 de noviembre del 2016)]: http://www.jstor.org/stable/pdf/3111414.pdf
Earl F. Woodward. “Hon. Albert B. Fall of New Mexico: The Frontier’s Fallen Star of Teapot Dome.” Montana: The Magazine of Western History vol. 23 no.1. 1973 [citado 16 de noviembre Del 2016]: http://www.jstor.org/stable/pdf/4517747.pdf?seq=1#page_scan_tab_contents