Puede que Donald Trump no gane la presidencia de los Estados Unidos. Puede, porque aún con todas las pifias, contradicciones y bravuconadas cometidas, es impresionante que Hillary Clinton solamente le lleve 4 puntos porcentuales de ventaja.
Los escenarios posibles ante una victoria copetuda y naranja, pone los pelos de punta a muchos de los aliados de los Estados Unidos. Nunca una elección en nuestro vecino del norte había levantado tantas expectativas y miedos alrededor del orbe. Existe incredulidad ante el hecho consumado de tener tal mamarracho representando al partido republicano y con posibilidades de triunfo.
Si gana Trump será porque su odio encuentra eco y aceptación en la población, y sus promesas económicas de crecimiento son una esperanza, incluso para los grupos minoritarios a quienes ataca. Si gana, el juicio de la historia encontrará motivos para señalar a los “humanos del 2016” como dueños de una lógica sin sentido: la primera fue Brexit, la 2ª el NO a la paz en Colombia y Trump sería la 3ª y con mayores repercusiones globales.
Esperamos que NO gane Trump, por muchas “trumpicadas” razones. Sin embargo, aun si pierde, Trump innegablemente habrá vencido en su tarea de haber polarizado los sentimientos de odio y racismo acendrados en el “Deep South[1]”, y en todos los “red necks”[2] que se sienten amenazados por la ola de migrantes (latinos y mexicanos en específico), musulmanes, liberales, etc. En pocas palabras, todo aquel que no se asemeja a ellos mismos.
Trump como tal, no sólo es misógino, racista, fantoche, deudor del fisco, mentiroso y una larga retahíla de adjetivos descalificativos ganados a pulso. Es también la punta del iceberg de un odio/resentimiento que hemos negado existe en los Estados Unidos.
Ante la realidad de un primer presidente negro, tuvimos la equivocada percepción de que los gringos habían enterrado su racismo hacia los afroamericanos. Nada más lejos de la realidad, cuando los crímenes de odio han aumentado significativamente contra las poblaciones negra e hispana.
Pensar o adivinar que Trump es nuestro único obstáculo y adversario en nuestro vecino del norte, es visualizar sólo la punta de una mole de dimensiones desconocidas que flota en el mar y es capaz de mandar al fondo del océano barcos de gran calado, un iceberg al que nunca se le vio ni se calculó su verdadero tamaño.
Trump no está solo. Más de 1200 delegados en la Convención del GOP[i] y atrás de ellos más de 13 millones de votantes, avalaron su candidatura. Es el candidato republicano que mayor número de votos ha logrado en las votaciones primarias. Es un error el pensar que Trump es un azar del destino y que una vez caiga en las elecciones (si es que pierde), no habrá nada que temer y su discurso quedará en el olvido. No podemos (ni debemos) arrinconar a todas esas personas que le han apoyado y le seguirán apoyando; a todos los ciudadanos americanos que hasta ahora se autonombran “indecisos” y que tal vez sepan ya el sentido de su voto, pero les de pena decirlo.
La realidad es que a Trump se le desdeñó desde que empezó como pre candidato republicano y cada vez que ganaba, analistas políticos, gurús de la historia y en cualquier sobremesa, apostábamos que no llegaría más lejos. Ese es el problema, sólo hemos visto la punta del Iceberg y ahora que estamos tan cerca, nuestra miopía aumenta e insistimos en ver a Trump como una situación única y fortuita en la democracia más grande del mundo.
Aun si pierde Trump, Hillary no asegura un camino de rosas para México y sus connacionales. Lo quiera o no, habría de manejarse con pies de plomo en todo lo referente a tratados de libre comercio (en particular con el nuestro), enemigos declarados por Trump del pueblo americano. Mostraría un conservadurismo mucho más radical que el que ha promulgado en los debates y campaña. Y en lo que se refiere a la migración, si bien en estos momentos busca el voto de las grandes minorías, no podría lograr significativas legislaciones para ayudar a los migrantes. Sería iluso pensar también que dispensaría el trato a México que en su momento su esposo le procuró.
El gobierno federal de México (el presente y el del 2018), así como los gobiernos locales deberán forjar una estrategia conjunta para –como con el cabildeo que se hizo para la firma del TLC- México sea percibido por nuestros vecinos como socio y no como un peligro. Esto implica cambios reales, como la lucha efectiva contra el narcotráfico, una mejora en los índices de seguridad y competitividad en nuestro país.
La parte de cabildeo habrá de incluir los datos reales que muestran cómo el flujo migratorio de México a Estados Unidos ha sido casi nulo estos últimos años. Ayudar (al menos coordinando campañas) a nuestros connacionales a dar a conocer al resto de la sociedad americana, cómo trabajan y su contribución recaudatoria, productiva y social a la grandeza americana. Sin olvidar una campaña nacional que resalte la importancia que tiene México como socio comercial en el crecimiento de la economía norteamericana. Y no, no una campaña sonando en la radio y TV mexicana, sino campañas estratégicas en tierras de Estados Unidos, con datos reales y duros. Que sus habitantes sepan los volúmenes que compramos de sus productos (p.e. México es el primer consumidor extranjero de las papas de Idaho y de las famosas manzanas de Washington); y que visualicen el costo a su bolsillo que les resultaría que no se exportaran las pantallas planas o automóviles que se hacen en nuestro país.
El festejar la derrota de Trump, (si se da) se asemejaría al comentario vertido por el dueño del Titanic cuando estaba por zarpar: “este barco no lo hunde ni Dios”. Todos sabemos que chocó con un iceberg y en menos de tres horas era historia. Pues eso, el no entender que Trump es tan sólo la punta del iceberg y actuar en consecuencia, es pensar ilusamente que México puede respirar tranquilo porque ya nadie odia y rechaza a nuestros migrantes.
Queda para el análisis, los últimos comentarios de Trump en considerar deslegitimizar el resultado de las elecciones si le son adversas. ¡Cualquier semejanza con nuestro mesiánico Peje, es realidad! Pero bueno, ese es otro iceberg a cuidar.
[1] Expresión inglesa, puede ser traducida como Sur profundo. Región cultural y geográfica de los Estados Unidos, conformada por estados que pelearon a favor de la esclavitud y sigue arraigado el racismo.
[2] Término usado en Estados Unidos para nombrar al hombre blanco que trabaja en el campo. Por la exposición al sol, termina con el cuello enrojecido (red neck “cuello rojo”). Utilizado peyorativamente para los blancos sureños conservadores.
[i] Great Old Party, como se nombra el partido republicano en los Estados Unidos, de forma coloquial.