Opinión

¿El verano gringo?

Primavera de Praga y primavera árabe. Resultados ambivalentes. Siria y su guerra. EUA: racismo manif

“Aquellos que te hacen creer estupideces,

harán que cometas atrocidades” Voltaire

La primavera checa de 1968 y la primavera árabe de 2011, fueron hitos del enojo colectivo, donde las poblaciones respectivas unieron sus voces y voluntades para demandar cambios sustanciales en sus gobiernos. No obstante, los años y miles de kilómetros de diferencia entre ambos casos, los resultados de dichas movilizaciones espontáneas y masivas, fueron ambivalentes.

Por un lado, se recordó y demostró al mundo entero el poder real de una población unida en contra del gobierno en turno. En la otra cara de la moneda, se instauró el caos. Para Praga, el sueño duró 8 meses, despertando de éste con la invasión comandada por la extinta URSS. Para varios países árabes, los resultados fueron y son la anarquía, el descontrol y la instauración en algunos casos de gobiernos mucho más radicales y extremistas que los previos; la misma guerra en Siria se considera en parte un resultado devastador de la otrora primavera.

Este año, los reflectores se desplazaron a la llamada tierra de la libertad, la cual vio incendiar sus estados sureños con huelgas, manifestaciones y muertes, y una creciente tensión entre las policías locales y la población. California, Carolina del Norte, Minnesota, Texas, Luisiana, son algunos de los estados donde la rispidez étnica ha alcanzado nuevas cuotas que abarcan de la “inocente” protesta pacífica en los juegos de futbol americano, al asesinato de policías en revancha por la muerte de civiles de color sin arma en su poder. La flama del odio y el racismo se han avivado brutalmente, y pareciese que de nada ha servido la lucha por el sueño Martin Luther King hace más de 50 años.

Las heridas supuran resentimiento, el rencor resurge. Hoy los policías insisten en que los civiles abatidos (muertos por ellos) tenían armas y que sólo les dispararon en defensa propia. Los familiares de los muertos proclaman que los occisos estaban desarmados, siendo victimados por el simple hecho de ser negros. Los videos (cuando existen) confirman las versiones de unos y otros según sea el caso.

La policía en su defensa argumenta que no es una cuestión racial, al haber entre los oficiales que han disparado, algunos de raza negra. Los datos fríos -como los cadáveres- arrojan que en lo que va del año, son ya 702 personas muertas por disparo de policía. De estos, 163 han sido afroamericanos (23%), no revelándose porcentajes para otros grupos étnicos (datos Washington Post). Estados Unidos muestra su otra cara, la de un país violento, donde en realidad el racismo nunca ha desaparecido.

En este entorno de odio, el Museo Nacional de Historia y Cultura Afro Washington D.C. como muestra de un remanso de diálogo nacional interracial. Pero el peligro persiste de un gran fuego cuyas consecuencias sean inimaginables. Las sufridas economías de muchas familias estadounidenses son la mecha para qué en aras de un nacionalismo patético promovido por un demente con peluquín, el encono racial se agrave, justo en el país cuya mayor fortaleza es la pluralidad de su cultura y sus habitantes.

El verano estacional ha terminado. Empieza el otoño, pero este particular verano gringo debe hacer reaccionar positivamente a toda una población para retomar el sueño de Martin Luther King, donde todas las razas puedan sentarse en una misma mesa. Civiles y policías, locales y emigrantes, pueblo y gobierno, blancos y negros, deben sembrar reconciliación y abonar esperanza, sin “trumpadas” y sin más violencia. De no ser así, el riesgo es gigante, donde nuestra cercanía a Estados Unidos indefectiblemente nos acarreará un daño colateral.