Cuando se reflexiona sobre la democracia en México es muy frecuente hacerlo de manera parcial, no se cuida separar lo que nos dicta la realidad, de lo que nos inspira el ideal de la misma. Con frecuencia tendemos a manejar términos y conceptos de manera ambigua. En fin, a lo complejo del tema le agregamos nuestros descuidos.
El sistema democrático tiene al menos dos grandes procesos: el sistema electoral, que sintetiza la forma en que se consigue, legítimamente llegar al poder; y el que condensa la forma en que ejerce el mismo. La sociedad vive el proceso de manera integral, pero para su análisis, conviene desagregar el sistema en los componentes enunciados, y así tener un panorama más comprensible de su dinámica. Con este párrafo pretendo justificar la forma en que abordaré el análisis de la situación de la democracia en México.
Abstraerse de los avances logrados en los últimos años, o menospreciarlos, sería un grave error, pero evaluarlos con descuido es un mayor pecado. Sugiero un cuidadoso análisis para emitir alguna opinión que ayude a entender lo que acontece. Lo prudente es generar un panorama más realista, que permita valorar lo que se ha avanzado, lo que está pendiente y los motivos de esos rezagos.
El panorama político se ha tornado más complejo y conflictivo, el medio ambiente social y político se ha presentado adverso a los planes que el gobierno de la República había proyectado. Por las dificultades del desarrollo mundial y de las limitaciones internas, la economía mexicana tiene un ritmo de crecimiento muy modesto, lo que se ha traducido en mayores complicaciones para el desarrollo de nuestro país, se ha incrementado la pobreza, la violencia sigue presente y en algunos casos tiende a agudizarse, el ritmo de inversiones es insuficiente, se ha disminuido la capacidad del estado para conservar los niveles aceptables de gobernabilidad, en fin puede decirse que la problemática actual de México se agravó.
Se tuvo éxito en iniciar reformas que debían realizarse, pero se cometió el error de tener que hacerlo en un ambiente de cerrazón y de exclusión, se pretendió negar la participación real de nuevas fuerzas en los distintos niveles de gobierno, recurriendo a investir a la instancia legislativa de atribuciones ejecutivas, lo que permitió excluir a actores políticos de importancia básica: se excluyó a gobernadores, presidentes municipales a líderes de opinión, dirigentes a los actores de los ámbitos que son materia de las reformas, en síntesis todo ello se pretendió suplir con la inclusión de dirigentes partidarios y a los legisladores como actores políticos, subordinando a eso su papel como legisladores.
Se pretendió cubrir la indisposición de asumir el nuevo panorama político, generado por la nueva forma de acceder al poder y sus consecuencias con artificios que permitieron seguir gobernando con las formas de ejercer el poder propias de la época de un sistema político, con partido político dominante casi único.
El resultado de la estrategia diseñada para conservar las formas esenciales de gobernar, propias de la etapa anterior, han sido superadas por la realidad de nuestro país, es lo que vive nuestro México, se complicó la posibilidad de lograr la aplicación de las reformas llamadas estructurales.
Cierto, se logró la reforma educativa, el Congreso aprobó la reforma constitucional y, con mayor dificultad estructuró la ley reglamentaria de la misma, pero se ha complicado en lo correspondiente a su aplicación, es ahí donde ha encontrado un fuerte movimiento de resistencia encabezado por la CENTE y en algunos estados de la república, de manera muy intensa, oposición a su aplicación. Sumado a lo anterior encontramos por cuestiones internas y externas, un comportamiento de nuestra realidad económica muy insatisfactoria- desocupación elevada, ritmos de crecimiento modestos, y una aguda presencia de la pobreza. Lo que obviamente cuestiona la efectividad de los cambios relacionados con la problemática económica, el incremento de la inseguridad pega también fuertemente a los cambios en el ámbito de las reformas al sistema judicial y de justicia. En resumen, los cambios consecuencia de las reformas estructurales se encuentran muy cuestionados. La pregunta se impone: ¿Qué sucede, y por qué los cambios necesarios para el país no se pueden concretar? Se han venido estructurando diversas respuestas a lo planteado, me parecen de mucha significación las formuladas por Héctor Aguilar Camín y por José Woldenberg, en los artículos publicados en la revista Nexos números 461 y 463 respectivamente.
Veamos, en su artículo sobre “Nocturno de la democracia mexicana” Héctor Aguilar Camín comenta, de acuerdo con lo dicho por José Antonio Aguilar Rivera, que la explicación a la indignación de los mexicanos era la desilusión democrática: se pensó que la consolidación de la democracia en el año 2000 podría arreglar los problemas más importantes del país. La verdad es que 15 años después, el recuento que se hace es que no sólo no ha resuelto lo más importante, más bien, las cosas se han complicado más. Es cierto, el proceso democrático en México cobra un impulso indiscutible en los últimos 40 años, especialmente en el periodo de 1977- 2007 en el que se localizan las 10 reformas al sistema político, básicamente concentrado en el sistema electoral, es decir en la forma en que se accede al poder, poco o casi nada se modifican las formas en que se ejerce el poder, la sociedad civil y sus organizaciones presionan a que se presenten cambios en el sistema político, pero el bloque dominante procura que esos cambios le aseguren la esencia de su dominio, esa es la situación que explica la dinámica de los cambios en la democracia mexicana.
Es muy atinada la apreciación de Aguilar Camín en lo que se refiere a que los avances en la democracia de nuestro país son fruto de un inteligente gradualismo reformista. Él refiere que en el proceso de reformas permitió que las opciones de poder se diversificaran, primero admitiendo un sistema de partidos con acceso marginal al ejercicio del poder junto a un partido dominante, casi único. En la reforma de 1977 se abrió la posibilidad para que los partidos minoritarios tuvieran presencia dentro de los órganos gubernamentales, se introdujo la figura de la representación proporcional y el órgano encargado de organizar las elecciones dejó de ser presidido por el Secretario de Gobernación.
El proceso reformista oxigenó a nuestra democracia. Aseguró un nivel aceptable de gobernabilidad, pero así se aseguró también que la oposición tuviera triunfos aislados, aunque ni remotamente permitía que conquistara una mayoría en el gobierno, aún con sus limitaciones fue un gran avance para el sistema democrático de nuestro país.
El otro momento importante para nuestro sistema democrático viene marcado por las reformas realizadas en el año de 1997, que fueron producto de las circunstancias que vivió la sociedad mexicana: desgaste político del bloque dominante que se traduce en una crisis política, se presentan divisiones en el bloque que domina a México, el surgimiento de la tendencia democrática del PRI encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas, la irrupción de los empresarios en el PAN, partido en el que pasa a ser dominante (lo que se denominó predominio del Neo panismo), sumado esto a la presencia de una crisis profunda de la economía mexicana que puso en claro entredicho la eficacia de las políticas gubernamentales vinculadas a la gestión de los gobiernos emanados del PRI.
Las condiciones posibilitaron que las distintas fracciones de lo que en el pasado fue el bloque dominante, surgido de la revolución mexicana, se convirtiera en diversas opciones de poder, en ese contexto se canalizó la presión social para cambiar el sistema político y consolidar nuestra democracia hacia el rumbo de generar un ambiente para el acceso al poder más democrático: plural, incluyente, equitativo, y con amplias posibilidades de alternancia. Ese fue el arreglo que el bloque dominante, ahora disperso en los diversos partidos, convino para seguir gobernando a México. No es casual, entonces, que las modificaciones se circunscriban en lo que es la forma de acceder al poder y poco o nada se haga en la forma de ejercer al mismo. Para Héctor Aguilar Camín las modificaciones en el proceso para acceder al poder se pueden resumir en:
- lograr la equidad en los procesos electorales.
- conseguir que ningún partido cuente con la mayoría absoluta
- cancelar al presidencialismo dominante y autoritario
-lograr que se diera, en el sistema político, una estructura de poder con pluralismo, representatividad, incluyente, deliberativo y legítimo.
En tanto que para José Woldenberg la intención, del artículo de Aguilar Camín es válida, pero deberían introducirse algunos matices, en lo corresponde al diagnóstico y las propuestas de Héctor Aguilar Camín. Su propósito es válido: “detectar para corregir aquello que está desgastando nuestro precario arreglo democrático con la intención de fortalecerlo, hacerlo más eficaz y por ello más perdurable”. Coincido con la intención pero discrepo del diagnóstico y de las propuestas del ensayo.” En sus consideraciones José Woldenberg deja claro que no se deben atribuir los cambios realizados en el sistema político solamente, a una lógica de la evolución de los que dominan el estado, se debe valorar la concurrencia de las lógicas que los cambios generan en el conjunto de fuerzas de la oposición y, como ejemplo, menciona que los cambios para conseguir la representación plural significaron para las fuerzas de oposición una oportunidad de participación política trascendente, en tanto que para las fuerzas del poder representó un respiro que les permitiría continuar gobernando.
En mi opinión la limitación de los cambios realizados fue que la forma de ejercer el poder debió modificarse para estar en condiciones de permitir gobiernos eficaces y eficientes en el nuevo contexto de la estructura del sistema político, reflejar lo necesario en una democracia plural, representativa, incluyente, deliberativa y con alternancia. Considerar la necesidad de realizar cambios en el sistema político, en la parte que tiene que ver con la forma de ejercer el poder, donde yo planteo que ayuda mucho considerar estructurar un nuevo federalismo, que se traduzca fundamentalmente en una reforma a las instituciones que modelan la estructura y dinámica en el ejercicio del poder ejecutivo en el conjunto de la República, integrando a los Gobernadores y al presidente de la Republica en una asamblea nacional ejecutiva que asuma la responsabilidad de la unidad del estado nacional, las consecuencias de esta instancia se traducirían en lograr un poder solidario para los gobiernos a todos los niveles y una instancia de vigilancia y control del conjunto de los Ejecutivos de todos los gobiernos.
La dinámica se debe interpretar y tomar medidas para superar las limitaciones de nuestro sistema político. Lo que en mi opinión los acota a los ensayos mencionados es su poco interés en considerar lo sucedido en las formas de ejercer el poder para sincronizarlo con la forma de acceder al poder en la democracia mexicana.
Los dos ensayos tienen en su análisis ideas muy importantes, que permiten una excelente plataforma para analizar las virtudes de los cambios y ponderar algunas de las limitaciones, al dejar claro que lo descrito no es producto de las intenciones del bloque dominante sino más bien resultado del conjunto de transformaciones que se han presentado en la sociedad mexicana, incluido por supuesto, lo que las esferas del poder han debido establecer en la nueva dinámica del país.
Yo añadiría a lo expresado por el maestro Woldenberg, sobre lo que plantea don Héctor Aguilar, es que un error importante ha sido el haber dejado el ejercicio del poder en manos de autoridades improvisadas y que se haya avanzado poco en la construcción de un nuevo federalismo. Aclaro que los grandes expertos de la política nacional lo son para el ambiente del anterior régimen de partido dominante, casi único, para la nueva situación esos expertos ya no funcionan, dejaron de ser expertos. Se requiere que los nuevos funcionarios que asuman el poder entiendan que la sociedad ya cambió y que la dinámica del ejercicio del poder ya es distinta.
El verdadero problema de los cambios realizados en México es que se han limitado solamente a establecer nuevos cauces para el proceso electoral y, por tanto, para acceder al poder, pero han dejado sin realizar los cambios indispensables en lo que se refiere a las formas de ejercer el poder del estado.
Por hacer los cambios a medias, los miembros del bloque dominante han podido conservar los privilegios, pero también por esa vía han logrado que lo nuevo y lo antiguo de la normatividad quede para los que ejercen el poder reducida a letra muerta, en tanto que para la inmensa mayoría de los mexicanos se aplica la ley de manera implacable. Para hacer que se respete la ley se tendrá que establecer una nueva dinámica y estructura, para que el poder ejecutivo de la nación tenga como máxima autoridad del país a la asamblea soberana de la república, misma que se deberá integrar al Presidente y a todos los gobernadores de la Nación: Un poder que asegure el cumplimiento por todos de la normatividad lograda por la evolución de la sociedad mexicana.
Si se analiza el mosaico de los personajes que encabezan a los distintos partidos se podrá identificar que el bloque dominante del poder en México se dividió y se difuminó en las diversas opciones de nuestro sistema político. Con lo antes mencionado creo estar en posibilidad de proponer una hipótesis que puede ayudar a explicar las limitaciones de los cambios en nuestro sistema político. Los encargados de realizar las modificaciones están interesados en que el sistema cambie pero que mantenga lo permita compartir el poder entre ellos, pero de ningún modo están dispuestos a ser relevados por otro bloque dominante que les cuestione sus privilegios a pesar de que han demostrado ser ineficientes e ineficaces para gobernar, es decir, para ejercer el poder y resolver los problemas de nuestra sociedad, la realidad ya plantea su relevo pero ellos siguen aferrados a los privilegios. Su relevo se dará por otro bloque dominante que tendrá que incorporar empresarios, obreros, campesinos, burócratas, empleados, comerciantes; ricos y pobres, todos ellos comprometidos con resolver cabalmente los grandes retos del País.
Bajo esa circunstancia cuando hoy se alega que lo legislado es inamovible. Se equivocan, lo recomendable sería reconocer las limitaciones que se presentaron en la elaboración, discusión y aprobación de las distintas reformas y, a partir de ello, generar en las pláticas de los actores en discrepancia para iniciar la reconsideración de las polémicas modificaciones legislativas y, ni modo, reconocer que la sociedad mexicana exige una mayor inteligencia para estructurar las soluciones a sus problemas. La pregunta sería ¿cómo generar esa dinámica?
En mi opinión, la respuesta se pude iniciar con una amplia convocatoria que el ejecutivo de la nación publique para discutir los temas más urgentes, definir como espacio de discusión a la CONAGO, presidida por el ejecutivo de la nación y cuya primera temática sería el reglamento de discusión y de resolución de esa instancia institucional de la nación mexicana. Desde allí abordar todos los grandes retos de la nación para iniciar el camino de su solución, así todos unidos con un estado nacional fuerte podremos superar nuestros rezagos y obtener nuevos y mejores elementos para mejorar la vida de los mexicanos.