Opinión

Las elecciones estadounidenses del 2016 y los conflictos culturales (Primera parte)

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James Davison Hunter inventó el término “culture wars” o guerras culturales en 1991 para describir una serie de conflictos sociales que se discutían públicamente en los Estados Unidos. Hunter describió estos conflictos de la siguiente manera:

Una hostilidad política y social cimentada en diferentes comprensiones de una comprensión moral. La finalidad de las hostilidades tiende a la dominación de una ética cultural y moral sobre las demás. No son actitudes que pueden cambiar según el capricho personal, sino que son una serie de creencias y compromisos que proveen de identidad, propósito y unión así como un sentimiento de proximidad con las personas que las cumplen. (42)

La hipótesis de Hunter explica que la década del ochenta atestiguo la unión entre distintos grupos que se aglutinaron en torno a un discurso basado en posturas políticamente conservadoras que reflejaban creencias morales y religiosas (47). En un esfuerzo por sostener sus posturas y principios los protectores de la tradición estadounidense participan en la esfera pública con la finalidad de que las leyes que ellos consideran necesarias para el mantenimiento de la sociedad, no sean removidas.

Entre los temas morales que más angustian a los conservadores se encuentra el aborto. La decisión de la Suprema Corte en el caso de Roe v. Wade que le dio a las mujeres el derecho de abortar sin ser sancionadas por el Estado, provocó el rechazo de varios grupos que no lo entendieron como un derecho de la mujer sobre su cuerpo, sino como el asesinato de un niño no nacido (Hunter 119). Leyes que aprueban la pornografía, que apoyan “derechos especiales” para la comunidad LGBT y la aprobación de drogas para uso recreacional parecen confirmar para los distintos grupos religiosos que el Estado está pisoteando sus derechos y que estos deben ser defendidos a través de leyes precautorias o mostrando apoyo para las leyes que ya se encuentran en los códigos civiles (Hunter 95). Hunter arguye que la ideología conservadora se construyó en la creencia de una autoridad moral que cimentó “las bases en las que personas determinan si algo es bueno o malo, aceptable o inaceptable” (42). Hunter apuntó que las visiones morales que compiten al centro de las guerras de cultura “no siempre toman forma de manera coherente, claramente articulada… más bien estas visiones morales toman forma como expresiones que son impulsos o tendencias de la cultura estadounidense” (43).

A pesar de estas diferencias institucionalizadas en la vida pública estadounidense, Hunter enfatizó que muchos estadounidenses estaban a la mitad de ambas fuerzas polarizadoras (43). Hunter distinguió a estos dos grupos opuestos “como el impulso a la ortodoxia y el impulso hacia el progreso” (43), donde la ortodoxia se define como el respeto por una autoridad moral externa sostenida por las tradiciones de la filosofía y la religión” (44), mientras que el progreso cultural es “una autoridad moral que tiende a ser definida por ‘el espíritu de la era moderna’, un pensamiento racionalista y subjetivo [en donde] la verdad es entendida como un proceso o realidad que se encuentra en constante movimiento” (44). Lo que los progresivitas comparten es una visión que “re-simboliza las fes históricas de acuerdo a las realidades de la vida contemporánea” (44). La noción de guerra cultural fue tomada por la prensa y el discurso académico para describir distintas situaciones que enfrentaban a los liberales y los conservadores en la esfera pública. Esto es importante para comprender al partido Republicano y por qué apoyan a Trump, de lo que escribiremos en el próximo artículo.

El término guerras de cultura o “culture wars” ha sido empleado para describir en otros contextos y etapas históricas la tensión que existió entre el Estado moderno y los ciudadanos conservadores que se rehúsan a abandonar ciertas creencias y tradiciones. Los dos casos de guerras culturales más conocidos son el Kulturkampf que ocurrió en Alemania durante la década de 1870. El Estado trató de imponer un sistema educativo unificado que excluía las creencias religiosas, lo cual le trajo problemas con la población católica. El segundo caso de una guerra cultural ocurrió en Canadá cuando los ciudadanos votaron en un referéndum si Quebec se independizaba de la confederación canadiense. Los argumentos a favor de la secesión Quebecois se basaban en un argumento de las diferencias entre los francoparlantes y la cultura inglesa que los rodeaba.