Actualmente se han suscitado diversas opiniones desde el ámbito de gobierno hasta las agrupaciones de docentes y la sociedad acerca de la calidad de la educación en nuestro país; el común denominador de lo que se concluye es que estamos llegando tarde a la era del conocimiento que es en la que nos encontramos, y que esto nos mantiene a la zaga de otros países que sí han hecho la tarea en este campo; en esta colaboración quiero compartir estas ideas del maestro Lorenzo Tébar en cuanto a aprender a aprender.
Las leyes educativas, los pactos europeos, las denuncias de PISA, la armonización y homologación de estudios en el proceso de Bolonia, el alarmante fracaso escolar, las exigencias de la sociedad del conocimiento, la competitividad de las empresas formativas, el abandono de su profesión de muchos docentes, la formación en competencias para una nueva sociedad, es la letanía de argumentos que quema a los docentes y está empujando con urgencia al cambio pedagógico en las aulas.
“Los profesores no saben a qué atenerse…” ante una realidad tan compleja y tan poco clarificadora en el ámbito más específico de la educación, cual es saber cómo cada profesor debe ayudar con su asignatura a construir la mente de los alumnos. Las respuestas no son claras y la administración dispone órdenes y decretos, pero no aporta soluciones pedagógicas concretas.
Los docentes se ven saturados de teorías sobre las competencias clave, pero no llegan a ver la revolución que reclama este cambio educativo. No estamos ni fascinados ni convencidos de la necesidad y validez de este nuevo enfoque hacia las competencias. Lo esencial no está en el qué, pues ya venimos apuntando hacia contenidos, desglosados en conocimientos, procedimientos y actitudes, sino en el cómo lograr esos resultados apetecidos. El cambio didáctico es la síntesis de todas las teorías, procesos y estrategias que el docente debe dominar para conseguir sus fines. No es, pues, un simple artificio de técnicas, sino un dominio de conceptos de psicología del aprendizaje, de procesos de desarrollo y construcción de habilidades de pensamiento.
Se trata, nada más y nada menos, que de construir la mente del alumno, enseñarles cómo aprender a aprender, para que alcancen la autonomía y el control de sus propios aprendizajes, prepararlos para que puedan seguir aprendiendo toda su vida. Así pues, de entre todas las competencias clave resaltamos la importancia de “aprender a pensar”, como la meta competencia entre todas, pues, por su importancia cognitiva y por su trascendencia y decisiva influencia en la forja de las demás, nos importa darle una absoluta prioridad. En las primeras encuestas de sondeo, su elección descuella entre todas las demás, tanto en el interés de los universitarios y académicos como de los empleadores (Tuning). Compartimos la absoluta importancia que le conceden los autores de programas para enseñar a pensar, albergando el anhelo de que constituyera una disciplina básica en la propedéutica formativa de todos los estudiantes, como mantienen Luis A. Machado, M. Lipman, De Bono, R. Feuerstein, entre otros grandes maestros. Ha llegado la hora del cambio en todos los sentidos y desde todos los ámbitos.
La educación debe ser el motor transformador de la sociedad, pero no puede emprender su dinamismo si no cambian algunas estructuras administrativas que garanticen formación, que aporten recursos y creen un clima favorable e incentivador de este esfuerzo especial que se pide a los docentes, a los centros educativos y a las familias. No podemos remar en un mar revuelto y contra corriente, en una sociedad que mira hacia otro lado. La educación debe entenderse como una cuestión social que nos compromete a todos los ciudadanos. Si cambia la sociedad, debe también cambiar la escuela. Pero sin caer en la falacia de dejarse llevar por el impulso del cambio que destruye, que avanza desbocado a la alienación o a la anomia y al sinsentido. El cambio lo estamos entendiendo a mejor, a mayor calidad, a superación, a logros empíricos y humanos, a una preparación más gratificante para cada uno de los protagonistas del cambio.
El impulso de las nuevas tecnologías y los hallazgos científicos, las urgencias impuestas por los cambios socioculturales, imprevisibles e irreversibles, no pueden dejarnos indiferentes. Es imprescindible asumir el liderazgo ante el cambio. Debemos hacernos cargo de nuestra responsabilidad, elevar nuestra atención, formular las cuestiones pertinentes, mostrarnos exigentes, creativos y colaboradores. Necesitamos ser protagonistas comprometidos con el cambio que no podemos esquivar, porque lo respiramos y lo alimentamos con nuestra propia inercia. Es necesario orientarlo para el mejor fin, para evitar que aparezcan brechas y exclusiones sociales. Necesitamos brújulas, criterios, sentido y visión de futuro. Necesitamos formar a los educandos para que inicien con buen pie la tarea de seguir aprendiendo durante toda la vida.
[El autor es profesor universitario y miembro de la oficina de Egresados e Inserción Profesional – UPAEP, correo electrónico: arnulfo.jimenez@upaep.mx]