La producción de bienes y servicios y su puesta al alcance de quienes los necesitan ha estado ligada al desarrollo de los pueblos. Sin embargo, de ser una actividad que se realizaba a poca escala, es decir, en talleres familiares y a nivel artesanal, pasa que, a partir de la Revolución Industrial, con la incorporación de máquinas movidas por fuentes de energía como el vapor y la electricidad, la producción se comienza a llevar a cabo en gran escala. Este desarrollo de la tecnología, aunado a condiciones políticas y sociales que lo favorecieron, delineó horizontes amplísimos a la economía.
Si a lo anterior agregamos la administración, que a principios del siglo veinte se incorpora a las empresas de una manera sistematizada, orientada con criterios de eficacia y eficiencia, tendremos la justificación de por qué la economía y su fortalecimiento son las constantes de las naciones, ya que si bien la libre empresa no es el único factor de desarrollo económico, sí es el principal.
A partir de lo citado anteriormente, cabe preguntarse: ¿qué es el ser humano dentro de esta dinámica? Sabemos que en las sociedades donde este proceso se ha dado de manera más avanzada, existen en contrapartida graves problemas de moral y pérdida de valores, ya que el predominio del tener sobre el ser ha ocasionado que convivan una gran abundancia material con un enorme vacío en los hombres, pues su parte material esta satisfecha, mas no así la espiritual, y la persona está constituida por una unidad esencial de ambas y, por tanto, avanza de manera parcial y no integralmente; sin embargo, no debemos achacar a la actividad económica los males de la sociedad contemporánea, sino a la desvirtuación que hemos hecho de ella, convirtiéndola en un fin y no en un medio de promoción humana.
En el camino de una revalorización social, y volviendo al concepto de empresa, ¿qué ambiente debe proporcionar para ser uno más de los medios de realización del ser humano?
En primer lugar, hemos de mencionar algo acerca de la dignidad de la persona quien por poseerla debe ser lo más importante en la actividad empresarial. Cada mujer y hombre es portador de un valor absoluto, sagrado, que debe ser respetado, cuidado y promovido en lo concreto de la vida cotidiana. El reconocimiento de ese valor y el actuar en consecuencia es el centro de toda vida buena en todos los niveles de la existencia humana. Por tanto, la persona tiene valor por sí misma y no como parte de una estructura organizacional, considerarla así sería atentar contra su dignidad.
Y bien, estableciendo un primer criterio relacionado con la función empresarial, y el ser humano, diremos que no se dirige a las personas basados en rentabilidad, sino en su dignidad, sólo así se asegurará una buena parte del desarrollo próspero de la empresa.
En segundo lugar, tendremos que hablar del trabajo, ya que a través de él es que se alcanzan las metas de la empresa. Trabajo no es sólo un medio de supervivencia, considerarlo así sería reducirlo a un mero instrumento. Tampoco es un castigo que hay que soportar irremediablemente. Es una actividad por la que el ser humano completa la creación, cumple con su vocación y se realiza como persona.
Por último, establecido el valor de la persona y el trabajo, conjunción en la que basamos el ser y que hacer de la empresa, mencionaremos algo de la actividad empresarial en la que se da y actúa este binomio. Si queremos tener organizaciones dignas y exitosas, no podemos pensar que la productividad y la utilidad están reñidas con el bien ser de los colaboradores de las mismas.
En la historia de la gestión empresarial, hay lamentables muestras de contradicción entre los intereses de la persona y los de la empresa. Se ha considerado a los empleados como una herramienta, subordinándolos a las utilidades monetarias.
No se debe operar una empresa bajo criterios de autocracia o paternalismo que impiden el crecimiento de sus miembros. Hemos de ejercer un liderazgo basado en el reconocimiento y respeto de la dignidad humana, por tanto participativo, para crear un ambiente en que las personas sean tomadas en cuenta para aportar al bien de la empresa, con esto simultáneamente contribuyen a su propia realización. Tenemos que crear y operar empresas en donde sus colaboradores se formen, manifiesten su iniciativa, vivan la solidaridad y se sientan apreciados.
Hay quienes piensan que todo esto es romanticismo y que sólo la mano dura funciona. Sin embargo, la auténtica empresa es aquella que atrae por la honestidad de sus metas, por la integración de su gente y, por tanto, por su profundo sentido humano, lo que la posibilita mejor para cumplir su alta responsabilidad como generadora de bien ser y estar de sus integrantes, y de progreso para la sociedad a la que sirve.
[El autor forma parte de la oficina de Egresados e Inserción Profesional de la UPAEP]