Cuando pensamos en artistas, querido lector, tal vez pensemos en un pintor o escultor encerrado en su atelier, esperando a que su musa arribé para plasmar--sobre algún material específico--su visión particular del mundo.
Tal vez en aquel proceso creativo materialice sus sentimientos, y si tiene suerte, su cosmovisión será reconocida por la posteridad, que verá en su obra un pequeño pedazo del complejo enramado de la humanidad.
Esa tal vez sea su visón idealizada del artista, pero con los cambios que están ocurriendo en un mundo más complejo que se mueve en la denominada frecuencia globalizadora, ¿podemos afirmar que los artistas actualmente se ven asimismos como se describió en lo párrafos superiores?
Permítame presentarle a una de las artistas poblanas más interesantes de Puebla en el siglo XXI, una mujer que rompe con la idea del artista romántico decimonónico.
Su nombre es Virginia Priede.
Para los que siguen la prensa del corazón poblano o la sección de sociales de varios periódicos desde la década del 90, la recordaran como una belleza rubia que aparecía en todas las fiestas que la crónica social consideraba importante reseñar.
Podríamos dejar la narración ahí, si esa hubiera sido la única visión de Virginia, pero ser sociable es sólo una de las características de una personalidad que Ella misma define como camaleónica.
Se preguntará ¿cómo afirmo que Virginia es la artista prototípica del siglo XXI?
Permítame explicarle los motivos: comencé esta columna hablando de una visión del artista romántico del siglo XIX; esta visión asumía que el artista verdadero vivía una serie de sentimientos que los hacían incomprensible para su sociedad y tiempo particular, pero eran las mismas pasiones que señalaban los futuros sentimientos de la humanidad.
Lo que el artista realizaba sobre la tela, el mármol, el barro o el bronce era algo que tenía una técnica que lo diferenciaba de las artesanías y que le daba al producto terminado la categoría de ser única, de poseer un aura.
Esta noción áurica se enfrentó a un problema serio a partir de la invención de la fotografía y posteriormente del film que rompieron la idea de que la pieza artística individual es única.
Walter Benjamin explicó hace noventa años que las obras artísticas habían tenido un aura que las hacía insuperables: sólo podía haber un lienzo del Conde-Duque de Olivares pintado por Velázquez o una escultura de Laoconte.
Aunque fuera copiado, la copia nunca sería tan buena como el original.
Benjamin explicó que el cine y la fotografía perdían el aura de unicidad que si tenían las piezas originales ya que al sacar copias del film o de las fotografías estas no se devaluaban ni depuraban. Las copias que se extraían de ellas no perdían el aura original, sino que lo preservaban en cada una de las piezas.
La visión de Benjamin cazaba bien con la sociedad que habitaba y en la que se entendía que el crecimiento económico estaba basada en el desarrollo industrial de mercancías siguiendo el modelo taylorista o fordista de producción en línea.
Pero la visión de Benjamin abrió una escisión en la historia del arte, cuyas consecuencias vemos a la fecha.
Aquí es donde entra Virginia, ya que la reconocida artista poblana no se ve como la típica artista local que pinta patios de vecindad románticos y vacíos de personas.
Ella se ve antes que nada como una mujer que utiliza al arte como un vehículo para empoderar a LA mujer.
“Los hombres no entienden mi arte… pero las mujeres sí. Es un lío ser mujer y artista porque los hombres que adquieren obra generalmente buscan la obra de otros hombres que perciben como exitosos y cuya producción tendrá un valor económico superior en el futuro. Mi composición le habla a la mujer de cómo se puede empoderar pero no se vende fácilmente.”
Cuando le pregunté si veía a la mujer como incompleta al afirmar que su obra le brindaba un algo de lo que carecía, me explicó que la hembra no está incompleta, pero que necesitan reafirmar aquellas partes de su psique que están olvidadas o descuidadas por la sociedad y por ellas mismas.
Lo que explicó Virginia se ve claramente en su casa: colgando en los muros de su sala hay varias faldas enmarcadas por un aro de bordar en dimensiones grandes colgados a diferentes alturas. Podríamos decir que sobre la pared cuelgan las piezas que atrapan a la mujer en una sociedad que le ha asignado un rol subordinado a los intereses masculinos. Las faldas y los aros nos recuerdan una prisión “voluntaria” en que la mujer se subordinó a los intereses del hombre y la familia.
El arte para Virginia es un instrumento que ayuda a la mujer a romper los lazos que la sujetan al dominio incongruente del hombre, pero hay una visión que va más allá de esta afirmación.
Mientras que en el siglo XIX el artista bohemio estaba dispuesto a morir de hambre por practicar su arte, Virginia nos propone que ser artista no está peleado con otras dos facetas de su personalidad: la de artesana y la de una visión industrial.
Ella comenzó su camino artístico a través de la creación de artesanías que utilizaban nudos y fibras, pintadas con pinturas hechas a base de pigmentos animales y vegetales.
En nuestra sociedad el ser artesano ha sido visto con cierto desdén, muy a pesar de cientos de miles de artesanos mexicanos.
La decisión de un grupo de hombres europeos del Renacimiento que determinaron que ciertos objetos eran arte mientras que otros no lo eran, por carecer de técnica, significó durante siglos que la artesanía era vista como objetos que quería copiar a la obra de arte, pero que no llegaba a satisfacer los cánones artísticos.
Generalmente significó también que los que hacían la artesanía —mujeres o grupos desprotegidos como los indígenas— no podían vender sus piezas a un gran costo.
Virginia descubrió que la crítica que se le hizo sobre la parte artesanal de su creación le cerró las puertas a ser reconocida como una artista y hace una década comenzó el proceso de aceptación no sólo como artesana, sino también como una artista.
Twitter: @Fofi5