Opinión

Dos genealogías para entender el escocido de Cancún (2ª parte)

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En el artículo pasado escribíamos sobre la devastación del manglar en Cancún y trazábamos un origen teológico que explicaba el por qué en el capitalismo occidental surgió una noción de que era apropiado explotar lo que conocemos como “naturaleza.”

El día de hoy quiero me gustaría plantear una reflexión sobre la responsabilidad que tenemos sobre la fauna silvestre.

Comencemos entonces por plantear que si los orígenes teológicos ya no son suficientes para justificar la explotación de áreas geográficas para nuestro beneficio.

Si las personas no tenemos el derecho divino de explotar al mundo ello plantea que tal vez no tenemos el derecho de explotar la tierra para nuestro beneficio.

La ciencia—rama del conocimiento sobre el que en teoría basamos nuestras opiniones y saberes--nos explica que los seres humanos somos en realidad producto de un fenómeno que conocemos como evolución.

La evolución es una explicación lógica sustentada en el conocimiento científico y que afirma que los distintos organismos vivos que existieron sobre el planeta tierra sufrieron a través de generaciones sucesivas cambios que los ayudaron a adaptarse al medio ambiente específico en el que vivían.

Tal vez estos cambios fueron imperceptibles de generación en generación, pero si contemplamos estas modificaciones a través del espectro del tiempo nos enfrentamos a cambios que son realmente transformaciones completas.

Si esta lógica de pensamiento es correcta—hecho que el conocimiento científico acepta—nuestras raíces genealógicas parten de otros organismos que se fueron modificando de manera gradual hasta llegar al estado en el que nos encontramos en la actualidad.

Lo que nos puede preocupar respecto a este argumento, son las diversas implicaciones que esto puede tener.

Casi siempre en el árbol imaginario de la evolución, nos detenemos en la familia de los simios, y comprendemos que genéticamente somos parecidos a ellos particularmente a los chimpancés y los bonobos.

Pero debemos ir más allá de la familia de la familia simiiforme para tener una visión más clara de nuestra conexión con la fauna planetaria.

En 1809 Jean-Baptiste Lamarck en su libro Philosophie zoologique explicó por primera vez que o los organismos habían sido creados para habitar en su medio ambiente específico o que estos se habían adaptado a su entorno a través de cambios biológicos que le facilitaron la interacción con su entorno.

Esta facultad de adaptación para Lamarck, significo que los organismos podían irse transformando en organismos complejos hasta transformarse en una nueva especie.

Carlos Darwin diferiría de Lamarck al proponer una evolución basada en el estudio de grupos familiares que tuvieran características similares y que pudieran ser clasificados taxonómicamente.

Ambos estaban de acuerdo en las transformaciones que sufrían los organismos a partir de circunstancias históricas y geográficas determinadas, lo que implica dos cosas:

La primera es que la evolución es accidentada; los cambios evolutivos no significan que un grupo esté por encima de otros.

Los cambios ocurren para adaptarse a situaciones específicas; esto en una cultura como la de nosotros en la que se ve con agrado la blancura de la piel como un símbolo de superioridad social queda en la nada, ya que sólo fue el proceso de adaptación de los ancestros europeos que desarrollaron a través de los tiempos una adaptabilidad al clima y geografía de su entorno.

La segunda es que los cambios evolutivos simbolizan que los seres vivos descendemos de los mismos organismos que—en una visión lamarckista—sólo cambiaron.

Esto implica que somos parientes lejanos de otros animales que no se volvieron como nosotros por el entorno en el que habitaron.

Esto plantea otra cuestión; nuestros descendientes pueden irse transformando también en figuras menos parecidas a nosotros a medida que cambie el entorno mundial y se vayan distanciando genéticamente de nosotros.

La pregunta sería si eso los hace menos humanos que nosotros, a pesar de ser nuestros descendientes.

La destrucción que hemos llevado a cabo del entorno natural nos hace responsables de la fauna silvestre.

Les estamos quitando sus casas y nos indignamos que estén ahí cuando llegamos sin tomar en cuenta que no nos estamos haciendo cargo de ellos.

Recordemos también que al ser nuestros parientes lejanos también poseen sentimientos—algo que podemos constatar con nuestras mascotas—y que somos responsables de su bienestar como familiares lejanos que somos de ellos.

Twitter: @Fofi5