Querido Lector, estoy seguro que comparte la indignación y el dolor que causó el ecocidio del manglar en las costas de Quintana Roo que será reemplazado por “El Proyecto Malecón Tajamar”.
La devastación que ocasionó el hombre a seres vivos —animales y vegetales— es dolorosa.
Contemplar las imágenes transmite un sentido de devastación que es difícil de describir por las emociones de angustia y dolor que se sienten.
Sentir es la palabra correcta, ya que las imágenes que contemplamos hicieron que simpatizáramos con los pobres animales masacrados y los pocos sobrevivientes del manglar destruido.
Los medios de comunicación —con justa razón— han señalado la rapacidad de individuos que quieren reconfigurar el lugar con la complicidad de ciertas instancias gubernamentales que otorgan permisos para destruir vidas animales y vegetales con la finalidad de alinear sus carteras con más dinero (http://www.e-consulta.com/medios-externos/2016-01-23/responsabilizan-fonatur-de-conflicto-en-tajamar).
Sabemos que es el capital económico el que motiva este tipo de destrucciones, entendemos que los seres humanos encontramos satisfacción a través de la acumulación del dinero, y que el sistema económico bajo el que vivimos—el capitalismo—ha ayudado al ser humano a desarrollarse de maneras insospechadas.
La parte negativa del capitalismo es cada vez más patente; hay sociólogos, historiadores, politólogos y otros académicos que afirman que en la actualidad se vive la etapa histórica del antropoceno.
Esta nueva categoría histórica significa que los seres humanos somos tantos y nuestra tecnología e industria han incrementado de manera continua desde el siglo XVIII, que hemos transformado al mundo de maneras insospechadas y muchas veces de manera negativa para los que comparten el planeta con Nosotros.
Lo que contemplamos en la destrucción del manglar es al antropoceno en acción transformando el medio natural con la finalidad de aumentar sus ganancias a costa de vidas que para el hombre parece no ser importante porque son “sólo” categorías del reino animal y vegetal.
El título de este artículo lleva la palabra genealogía como factor de unidad de dos aspectos que quiero destacar el día de hoy y en la columna de la semana entrante. Esta semana analizaremos desde una perspectiva Weberiana los orígenes de la rapacidad capitalista.
La semana entrante construiremos una genealogía biológica que demuestre nuestra unión con los animales, a quienes les debemos mucho más de lo que les estamos dando.
Tomamos el concepto de genealogía del sociólogo Michel Foucault, que propuso que para entender un fenómeno teníamos que realizar una “arqueología” del fenómeno localizado y ya entendido lo que significaba, remontarnos al pasado mediante una “genealogía” de ideas que explicarán la situación presente del acontecer que nos interesa.
De acuerdo a aquellas personas que sí saben sobre ecología, uno de los posibles comienzos de la separación del hombre de su entorno físico se justificó con la religión —particularmente la monoteísta.
En la visión de los judíos, musulmanes y cristianos Dios creó todo y le dio dominio al hombre sobre la creación.
En Génesis 1:28 Dios insta al hombre y a la mujer a reproducirse, a esparcirse por la tierra y a someterla. Le dio autoridad sobre todos los seres vivientes que existen sobre la tierra.
Este es el momento donde comienzan los problemas entre el ser humano y su entorno, ya que por mandato divino el ser humano es dueño de todo, cosa que no ocurre con las religiones animistas que adoran a distintos fenómenos naturales categorizándolos como dioses o espíritus individualizados que radican en distintos objetos de la naturaleza en la tierra.
Mientras que el Dios judeo-cristiano radica en el cielo, alejado en cierta manera de su creación, para las religiones que adoraban al árbol, al río o a la montaña estos se encontraban impregnados de la esencia o el espíritu que ahí habita.
Mientras que el Dios judeo-cristiano se desentendió del resto de su creación y parecía que se preocupaba más por la vida ética de los seres humanos, las religiones animistas promovían una creencia en el cuidado de los objetos naturales que le brindaban vida al hombre y estabilidad al entorno.
De acuerdo a Max Weber en su libro Die protestantische Ethik und der Geist des Kapitalismus la Reforma Protestante del siglo XVI fue responsable del surgimiento de creencias cristianas en las que se fomentó aun más la creencia el poderío así como el alejamiento de Dios de la naturaleza y lo innecesario que era creer en otro tipo de deidades—leanse la Virgen o los Santos.
Mientras que la religión Católica fomentó hasta el Concilio Vaticano II la devoción a santos que influyeran sobre el curso de ciertos feómenos naturales (V.G. San Antonio Abad era patrono de los animales o la Virgen María era la estrella del mar que guiaba a los marieneros a casa) las creencias calvinistas, que serían la base del capitalismo sobre el que escribió Weber, le quitaron lo divino a todo lo que existía sobre la tierra.
Lo único divino era el hombre que contaba con el favor divino y que podía demostrar esta gracia en la tierra a través de la acumulación de capital.
Estas creencias calvinistas son la base histórico-cultural de Suiza, Holanda y Estados Unidos; cada uno de estos paises importantes centros del capitalismo occidental.
Otra cararcterística del cristianismo fue apostar por la vida después de la muerte; esto significó que lo que ocurría aquí no era tan importante como lo que habría después de morir. Estos dos puntos de vista—según algunos historiadores—sentaron las bases para el desprecio con el que se comenzó a tratar a la tierra y los habitantes que no fueran seres humanos.
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