Este año nuevo comenzó con un bang económico y político a nivel internacional, bajas en la bolsa internacional, problemas con el precio del petróleo y por supuesto nuestros problemas personales que queremos remediar a partir de una serie de propósitos o resoluciones que nos ayudarán a ser felices este año y tal vez siempre.
Es interesante cuestionar si realmente tenemos la facultad de escoger o si en realidad estamos atados a los sucesos que ocurren a nuestro alrededor y sobre los que tenemos poco o ninguna injerencia.
Esta afirmación a muchos puede parecerles chocante: por supuesto que podemos escoger, por supuesto que somos libres para hacer lo que deseamos. Nuestro sentido de personalidad se basas en esta creencia, los libros de autoayuda y la concepción que tenemos de las personas que nos rodean parecen confirmar esta creencia.
Pero si analizamos el pasado, no siempre se creyó que los seres humanos teníamos esa libertad de escoger.
Esta creencia de nuestras limitaciones aún se refleja en refranes como “Dios así lo quiso” o “Dios aprieta pero no ahorca” que claramente aluden al hecho a que en ocasiones hay acciones o situaciones que escapan de nuestro control.
Este debate fue muy importante durante el medioevo y sería determinante en la manera en la que entenderíamos la libertad que tenemos de escoger o no en las distintas situaciones que se presentan.
San Agustín de acuerdo con Thomas F. Martin, fue el creador del concepto de libre
Albedrío así como el de predestinación y fue responsable de su inserción en la doctrina cristiana que surgió a partir de la pregunta que se formuló Agustín “[n]uestra salvación ¿se logra por la gracia de Dios o por nuestras acciones?”
La respuesta a la que llegó el Santo de acuerdo a Paul B. Clark y Emma Norman varió con la edad: “[A]gustín inicialmente mantuvo que la voluntad era un poder antropológico efectivo en una gran cantidad de acciones, sin importar cuál era el estatus moral de estas. Posteriormente concluyó que para los seres humanos sólo es posible escoger la maldad, ya que lo bueno pertenecía a la gracia de Dios y no a las acciones de los humanos.”
Agustín en sus años mozos escribió sobre el mal y su conclusión—de acuerdo a Clark y Norman--no provenía de Dios, que sólo podía ser la fuente del bien, y desarrolló la idea de que “los humanos poseen la capacidad de iniciar acciones que no estaban causadas o predeterminadas por Dios.”
San Agustín cambió de opinión sobre libre albedrío en su vejez. Clarke y Norman escriben:
“[E]n su carta al Papa Sixto III, [Agustín] insistió que los humanos eran completamente dependientes de la gracia de Dios y no podían aspirar a ser buenos sin la gracia”
Esta creencia de San Agustín lo confrontó con los pelagianos, grupo Cristiano que estaba de acuerdo con sus postulados originales.
Los postulados del grupo versaban en torno al libre albedrío y la gracia, lo que desató una confrontación ideológica conocida en la historia como “la herejía pelagiana.”
Al centro del debate estaba Agustín, que afirmaba haber estado equivocado en sus años mozos y que: “[e]l bien es un regalo divino incondicional, y no es una facultad gratuita. Por lo tanto escoger el bien no conduce a la gracia de Dios… San Agustín (…) introdujo entonces la teoría de la predestinación… Dios existía afuera del tiempo y era eterno, por lo tanto contemplaba el fin del tiempo desde el principio.”
Esto implica que Dios sabe quién será bueno o malo desde el principio y este conocimiento nulifica entonces el libre albedrío.
Este debate teológico aún resuena en la actualidad.
Cuando elaboramos nuestros propósitos debemos preguntarnos ¿qué tan libres somos en realidad para cumplirlos? ¿Tenemos libertad o nos engañamos pensando que la tenemos y en realidad somos prisioneros no del Dios Cristianos sino de las circunstancias en las que vivimos inmersos?
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