En el siglo XIX los filósofos franceses estaban convencidos de que los avances tecnológicos harían la religión irrelevante.
Aseguraban que sólo era una cuestión de años antes de que las creencias religiosas, sus sacerdotes y las teorías espirituales quedaran refundidas en tratados históricos.
El momento del fin aseguraban aquellos intelectuales fue la caída de la Ciudad de Roma ante las tropas del rey italiano Víctor Manuel II en 1870.
El autor Prosper Mérimée se alegraba de observar el fin del poder temporal del papado sobre los Estados Papales, ya que esto significaba el fin de la religión más primitiva de Europa Occidental.
Sólo sería cuestión de unos cuantos años para que el credo religioso desapareciera del panorama mundial.
Aquella teoría de la modernidad choca con la realidad actual; a 145 años de la caída de Roma a manos del poder secular, la religión sigue existiendo en diversas partes del mundo y a partir del 2001, parece que las creencias en Dios han determinado en cierta medida la política exterior de los países occidentales.
Esta semana ocurrieron dos hechos—uno internacional y otro de magnitud local—que nuevamente desmienten las nociones de la modernidad sobre la disolución de la religión:
El primero y más sonado fue la matanza de más de cien personas en la ciudad de París a manos de ISIS un grupo radical del Islam, el segundo fue el asesinato del párroco de Santa María de la Natividad Cuyuaco aquí en Puebla.
De acuerdo a la teoría moderna la razón y la ciencia serían los ejes que gobernarían las acciones de los hombres actuales, pero como hemos podido constatar, gnosis y ciencia no son las mismas para la cultura occidental como para los grupos periféricos de la cultura occidental.
Tomamos de la revista norteamericana “The Atlantic” los ideales que motivan a Isis. Lo razonable para ellos es creer en Dios y esta creencia involucra otros principios que sustentan su fe: el rechazo de la concepción de la paz como dogma, refutar cualquier pensamiento de cambiar ideas que vaya en contra de su fe, aunque esos cambios aseguren su supervivencia así y la noción de que ISIS se considera un detonante que propiciará el fin del mundo.
Irónicamente el discurso de ISIS hace una crítica a los modernos, aquellos que asumen que porque vivimos en el siglo XXI creen que la religión es irrelevante en la cultura actual.
Para los lectores que me cuestionen sobre el empleo de la palabra razón en el caso de las creencias de ISIS o cualquier agrupación religiosa, los remito al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española que define a la razón que nos interesa como “argumento o demostración que se aduce en apoyo a algo.”
En la cultura occidental se entiende que argumentar la existencia de Dios no es razonable, ya que no se puede verificar su existencia.
Lo que olvidan los críticos de la religión es que de acuerdo a Manuel Kant, tampoco se puede comprobar la no existencia de Dios.
La razón de los filósofos del siglo XVIII y XIX descansaba sobre la noción de que eventualmente los avances de conocimiento comprobarían que la religión era innecesaria porque la ciencia y la razón—que aquí entre nos, estaba monopolizado por hombres blancos europeos—determinarían lo innecesario que es la religión.
En el siglo XXI vemos que hay una necesidad por parte de algunas personas de creer en algo que los trasciende.
La ciencia nos hizo más cómoda la vida pero no explica porque la vida implica sufrimiento o si el ser humano puede trascender más allá de su vida.
Aunque no existiera la religión, la superstición si estaría presente ya que como demuestra en su libro “Creyendo en la Magia” de Stuart A. Vyse, muchos seres humanos requieren creer en algo que rebasa los límites de su existencia.
Un ejemplo de esta afirmación se puede verificar con el culto a la familia presidencial de los Kim en Corea del Norte, donde los coreanos y su gobierno han deificado a la familia presidencial tomando nociones del budismo y del cristianismo para hacer más fuertes las creencias populares. Erradicar la religión en Corea del Norte, no significó un estado laico sino la sustitución de unas creencias por otra religión similar a la romana de la antigüedad, donde el jefe de estado se convierte en dios.
Como lo demostraron los hechos en París, la religión—una creencia que el país galo trató de erradicar intelectualmente desde hace casi doscientos años--pervive en las zonas periféricas del mundo y continuará determinando las relaciones internacionales en la próxima década.
Twitter; @Fofi5