Uno de los temas de moda en ciertos círculos es la fractura matrimonial del político poblano Gerardo Islas y la actriz Sherlyn González.
Lo que interesa es que un tema personal —la separación de esta pareja--se ha convertido en una noticia que vale la pena ser analizada en varios medios de comunicación locales y en la prensa rosa (incluyendo esta columna).
Coincidentemente en el programa de Fernando Canales del día 6 de noviembre se mencionó el problema que existe en nuestra sociedad con los politiquillos que ganan un puesto de elección popular o son designados por el Gobernador o Presidente Municipal en turno y se marean del éxito que han obtenido. El enunciado que se utilizó fue “se suben a un ladrillo y se marean.”
No hay duda: nos interesa la vida pública y privada de los políticos, pero los que consideramos exitosos.
No nos interesa la vida de los burócratas que laboran en las dependencias gubernamentales, sino las andanzas de sus jefes.
Es como si una parte de nosotros sólo se identificara con el triunfante del que añoramos saber cómo piensa, por qué actúa de cierta manera y cómo nos podría ayudar.
En la columna anterior explicaba que Puebla es una sociedad cortesana.
El argumento que expondré a continuación, tiene que ver con la relación cortesana que se gesta en los medios respecto a los políticos en el poder.
El título de sociedad cortesana se tomó de la obra del sociólogo alemán Norbert Elías que publicó un estudio histórico sobre la transformación de Europa de una economía feudal a una capitalista entre los siglos XVII y XVIII (Publicada en México por el FCE en 1982).
La obra de Elías es fascinante porque retrata de cómo se fue diluyendo el poder eclesiástico, el de los gremios así como de la nobleza de espada.
El debilitamiento de estos grupos significó el fortalecimiento del poder monárquico en los distintos reinos que se dieron en la Europa moderna.
La obra de Elías se enfocó a estudiar la transformación en las cortes europeas —particularmente la de Luis XIV— y las nuevas relaciones que se fueron forjando entre el rey y una nobleza cada vez más debilitada.
Norbert Elías describe a los súbditos del rey como “[s]ombras que merodean en el entorno” pero que en realidad sólo son utilería, parte del entramado que sirve para justificar los roles que desempeñan el rey y la nobleza.
Argüiría que nuestra concepción de la política poblana caza muy bien con este razonamiento.
Parecería que lo que más importa es el que detenta el poder y todos los demás sólo son actores en escena, representando un rol que engrandece al jefe, por mucho conflicto psicológico que esto les pueda causar a los cortesanos.
Los medios locales estudian a los políticos y las decisiones que tomarán a futuro, tratando de interpretar quiénes serán los ganadores en las próximas contiendas electorales.
En una sociedad cortesana, los nobles que rodean al monarca hacen la misma función: interpretan el humor del jefe de estado, le rinden pleitesía, tratan de quedar bien con el mandamás sabiendo que de esta relación saldrán beneficios sociales y políticos.
Esta costumbre hispana (no podemos atrevernos a llamarla pre-hispánica como afirmaba Octavio Paz), tiene probablemente dos orígenes, el primero fue la conquista española que trajo consigo una mentalidad de que los ibéricos eran superiores a los pueblos conquistados, pero no eran inferiores al rey.
El no considerarse inferiores al monarca castellano es importante para nuestro argumento: en el siglo XVI los conquistadores esperaban recibir la hidalguía de la que carecían en España: este título nobiliario los igualaba con el Rey y los convertía en “primos” en semejantes.
No pensamos en la España del siglo XVI como una democracia, pero sí un lugar donde las leyes y la pureza de sangre podían igualar en derechos al amo y al plebeyo.
Es bien sabido que cuando Felipe II quiso construir El Escorial, compró los terrenos aledaños pero un molinero se rehusó a venderle su predio. Fueron a juicio y ganó el molinero.
La sorpresa de la corte era ver a Felipe II saludar al molinero cuando se topaba con él en los linderos de la propiedad.
El cambio de esta mentalidad se dio cuando arribó la Casa de Borbón a España en el siglo XVIII.
Felipe V (1700-1746) el primero de esa familia instituyó la idea de que el Monarca estaba por encima de la ley.
Los borbones serían los responsable de la centralización del poder en la persona del monarca y nos reafirmaron a los países de habla hispana una mentalidad de que como súbditos, la figura del gobernante es más importante que la de los demás.
Siga la lógica querido Lector, heredamos una mentalidad que no era natural a la Castilla del siglo XVI, pero que si lo fue para la Nueva España a partir de la conquista y que se agudizó en el siglo XVIII por la política imperial de España.
Es momento de romper con los atavismos del pasado y dejar de ver a los políticos como figuras semi-divinas para tratar de romper el poder, a veces nefasto, que ejercen sobre nuestras vidas.
Un primer paso sería no darle importancia a los cotilleos de la prensa sobre la vida de estos personajes que sólo los ensoberbecen y nos convierten en sombras que sólo merodean el entorno.
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