Un 2 de octubre, pero de 1582 se hizo una de las modificaciones más importantes al calendario occidental y de manera indirecta se modificó la manera en que comprendemos la periodización del tiempo.
El calendario que se empleó hasta el siglo XVI era el juliano, que ostentaba el nombre de su creador el general romano Julio Cesar y que se instituyó de manera oficial en el año 45 a.C. en todos los territorios controlados por Roma.
La necesidad de crear un calendario distinto al que estableció Julio Cesar, resultó porque el calendario juliano no calculaba el tiempo correctamente, ya que no preveía que la tierra no le da la vuelta al sol en exactamente 365 días y seis horas, sino que tarda 365.2563 días en orbitar en torno al sol.
La diferencia no parece mucha, pero si vamos sumando siglo tras siglo este error de cálculo, se comienza a vivir un desfase en torno a lo que entendemos como las estaciones del año y a la fecha que informaba el calendario juliano.
Por esta diferencia de minutos se iban sumando 3 días más al calendario juliano cada 4 siglos a partir de su institución.
Uno de los problemas más grandes que tuvieron nuestros ancestros medievales y renacentistas con el desfase se relacionaba con el festejo correcto de las fechas de celebraciones religiosas así como el momento para comenzar los ciclos nuevos de la agricultura
El Papa Gregorio XIII (1572-1585) decidió reorganizar el calendario para que se pudiera festejar la Semana Santa de manera correcta, ya que la primera luna llena de la primavera que se toma como el momento desde el que se contabilizan los días para los festejos de la pascua, ya no coincidían con las fechas en las que se sabía se celebraba en los primeros siglos de nuestra era la muerte y resurrección de Cristo por la Iglesia temprana.
Gregorio XIII asesorado por Luis Lilio, redujo los 100 años bisiestos que ocurrían en un período de 4 siglos a 97 en ese mismo período y se redujo por 10 minutos el tiempo estimado de la rotación de la tierra al sol, disminuyendo el tiempo de 365 días 6 horas a 365 días con 5 horas y 49 minutos, 12 segundos.
Estos cambios tuvieron como consecuencia la calendarización que utiliza una gran parte del mundo en la actualidad y en el que se marcan los días de nuestra vida entre el nacimiento y la muerte.
Uno de los temas que menos reflexionamos es la manera en la que entendemos, nos relacionamos y medimos el tiempo.
Cuando Usted querido lector afirma tener quince años, lo que está diciendo simplemente es que su cuerpo, que viaja sobre la tierra, le ha dado la vuelta al sol quince veces.
Es interesante que a partir de la relación que tenemos con la concepción de ese tiempo, tomemos decisiones y especulemos sobre lo que debemos ser o haber hecho en ese ciclo de tiempo, sin tomar en cuenta que la medición del tiempo es sólo una posibilidad de calcular la relación que la tierra tiene con el astro solar.
No todas las culturas midieron el tiempo con el sol; en otros momentos de la historia se midió la relación de la tierra con la luna, lo que daba como resultado un calendario más corto, con ciclos de 28 días cada uno.
Pero el calendario lunar no era tan efectivo para la agricultura.
El sol para nuestros ancestros sedentarios fue un medidor más exacto de uno más importantes eventos en su vida: la agricultura.
Para llevar a cabo con mejores posibilidades una agricultura eficiente fue necesaria la comprensión de cómo se relaciona la tierra con el sol.
Al adoptar este tipo de medición se transformó la manera como nos relacionábamos con el mundo y con nosotros mismos.
Ahora que entendemos de manera vaga como se establece la comprensión del tiempo a partir de la relación del sol con la tierra, tendríamos que preguntarnos si no existiera el sol, la tierra y la luna ¿existiría el tiempo?
La respuesta es afirmativa: el tiempo existiría sin el sol y el movimiento de los astros. La pregunta que le planteo querido lector es ¿cómo mediríamos el tiempo sin los astros y la tierra? No tengo una respuesta para esta pregunta, pero ¿Usted qué opina?