En las costas de Turquía duerme un niño, en su sueño mete goles, ríe con sus hermanos, es abrazado por sus padres, mientras el mar acaricia su silueta.
Aylan no despertó de su sueño, trastocando la esperanza de su familia en una pesadilla de muerte. Sólo su padre queda vivo. Aylan junto a sus hermanos y su madre son mudos testigos de la miseria humana.
La guerra de Siria inició como efecto de la ya histórica primavera árabe. Para algunos el culpable es el régimen autoritario y represivo, mientras para otros lo es la injerencia extranjera y de grupos terroristas. El resultado, son cuatro años de desolación, ciudades milenarias derruidas, más de 250,000 muertos, y 3,000,000 sirios huyendo de su patria, buscando –como la familia Kurdi- un futuro mejor. De estos 3 millones de migrantes, se calcula que al menos el 1% (treinta mil personas) han fallecido en la diáspora siria.
No obstante, hizo falta la muerte de Aylan (¿o la fotografía?) para que la sociedad mundial transmutara en un grito nuestro silencio permisivo.
Después de cuatro años de guerra, el mundo recordó la hecatombe sin freno de los sirios y se decidió a discutir qué hacer con sus migrantes. Alemania y Austria abrieron sus fronteras a más de diez mil migrantes de Serbia y Siria; sin embargo, aducen no tener capacidad para absorber más. En tanto, Inglaterra donará más de 60 millones de libras esterlinas para ¿contener, mantener? a los sirios en su tierra y otros 40 millones a los vecinos de Siria para el mantenimiento campos de refugiados.
Contrariamente, otros países europeos se niegan a dar asilo a los migrantes. Es entendible su posición cuando en estos últimos años de crisis económica no finita, ellos mismos han sido expulsores de migrantes. Les resulta insostenible dar cabida a más personas cuando no tienen la capacidad de ofrecer una vida medianamente digna a sus ciudadanos –países de Europa del Este y Grecia-. Y sin embargo, no hacer nada es condenar a miles de migrantes a una muerte segura como la sufrida por Aylan.
En la polémica, Argentina alza la voz y ofrece asilo hasta cinco mil sirios. Tierra nacida de migrantes, trastocará su desgracia en trabajo y agradecimiento.
La migración es una realidad que concierne a todos. A quienes huyen de la guerra en Siria, a quienes buscan mejores oportunidades (Latinoamericanos en EEUU, africanos en Europa), a los migrantes que huyen por discrepancias ideológicas y/o políticas, desgracias económicas, y que emprenden el camino ignoto en búsqueda de paz, alimento, oportunidades y nuevos horizontes,…de libertad.
En ese mundo a veces trágico, son muchos (entre ellos Mr. Trump) quienes siguen impávidos a la diáspora mundial. Tal vez debieran recordar a sus antecesores, emigrantes en difíciles circunstancias; debieran contemplar a los migrantes centroamericanos mendigando en las calles; escuchar el sordo rugir de la “Bestia” transportando a miles de migrantes hacia nuestra no menos peligrosa frontera. Pudieran observar la foto de Aylan muerto, para que tal vez, ese niño les hiciera dimensionar esta tragedia mundial.
La única posibilidad de que la muerte de Aylan se traduzca en una luz positiva, es si con ella comprendemos la interrelación absoluta entre nuestros pueblos; donde toda guerra al otro lado del mundo también nos impacta. Si con esta muerte, todos podemos entender que cualquier migrante puede ser Aylan o nosotros mismos, y que todo migrante merece tener una patria, tal vez su muerte no sea solamente una devastadora y muda foto.
La imagen incongruente de un niño soñando a la orilla del mar, despierta al mundo a la pesadilla de lo que significa ser migrante. Alimentar con indiferencia la tragedia de millones, o trocarla en esperanza, es labor de todos.