Opinión

La imposición de géneros en México

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En días recientes varios medios reseñaron la triste historia de Paulina Camargo y su desaparición, así como probable deceso a manos de su novio José María Sosa Álvarez.

El Gobernador de la entidad, Rafael Moreno Valle hizo una declaración sobre el tema que trataba de explicar por qué había ocurrido el probable asesinato de la joven y afirmó que el incidente se debe a una pérdida de “valores y principios en la sociedad” (http://www.diariocambio.com.mx/2015/zoon-politikon/item/21250-casos-como-el-de-paulina-camargo-son-por-perdida-de-valores-en-la-sociedad-rmv).

En una nota que pocos pensarían tiene que ver con el caso, el martes se dio a conocer que el dirigente del PAN en Tamaulipas, Héctor Mendizábal Pérez apareció en fotografías besándose con otro hombre (http://www.e-consulta.com/nota/2015-09-02/nacion/impacto-por-imagenes-de-dirigente-panista-besando-otro-hombre).

La ironía del caso de este hombre de closet es que representa al partido que en teoría apoya las doctrinas católicas en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo.

El dirigente del PAN exhibido en las fotografías muestra en su vida privada la falsedad de sus dichos y acciones.

Si le hacemos caso al Gobernador de Puebla cuando afirma que se han perdido valores y principios —una afirmación pública hecha ya por varias personas-- podríamos explicar los dos casos con tristeza y cerrarnos a otras explicaciones posibles; caso concluido… pero le propongo querido Lector, que le demos un giro a las palabras trilladas de “pérdida de valores” y reflexionemos sobre esta afirmación tantas veces repetida y gustada por un público al que le cuesta trabajo aceptar las transformaciones en la sociedad contemporánea.

Cuando decimos que se han perdido los valores y principios, inmediatamente se asume que alguna vez los hubo.

No nos cuestionamos que siempre hubo una intención de que hubiera ciertos principios que rigieran la vida pública de las personas, pero que muchas veces éstos no se cumplían.

Todas las sociedades han erigido una serie de valores morales que rigen la conducta de los miembros del grupo, pero asumir que en el pasado estos existieron y rigieron de manera absoluta las vidas de nuestros antepasados es cuestionable.

En México los principios y valores que gobernaban eran los de una masculinidad rampante que ensalzaba al hombre que así lo era por un accidente biológico y convertía en objetos tanto a mujeres, hombres homosexuales y a niños.

Estos eran la competencia privada del hombre que podía decidir sobre la vida de ellos.

Podemos tomar diferentes episodios históricos para explicar por qué el hombre mexicano asumió que era mejor que el resto de las otras personas y los animales, pero me parece que la explicación que personalmente me ha convencido más es una que tiene como base la teología cristiana.

El cristianismo enunció una serie de hipótesis que explicaban por qué el hombre era mejor que la mujer.

Las teorías se justificaban desde Génesis cuando Eva es creada como acompañante del hombre y le da a él del fruto prohibido.

Tomás de Aquino justificó esto cuando afirmó que ser hombre era la parte más importante de la creación y que la mujer era en realidad un hombre incompleto.

Como afirma Judith Butler, podemos realizar una genealogía de la teoría del Estado que diseñó el varón y terminaríamos descubriendo que casi todas las instituciones y creencias que poseemos en la actualidad, tienen en su base una raíz divina contra la que es difícil discutir, ya que en principio “lo instituyó el mismo Dios” y la interpretó el hombre.

El deceso de Paulina Camargo y la exhibición mediática de Héctor Mendizábal son producto entonces no de una pérdida de valores, sino síntomas de valores que existen en nuestra sociedad por lo menos desde la Colonia y que convierten en objetos a hombres y mujeres que no satisfacen las aspiraciones de la masculinidad mexicana.

En esta escala de valores los hombres heterosexuales tienen primacía sobre los demás; asesinar a una mujer porque en su vientre lleva un niño que es una verdad incómoda lo justifica tal vez porque la vida debe ser un episodio feliz para él; un hombre homosexual debe actuar como si fuera heterosexual para poder ascender los escaños de su partido.

Le propongo lector que a partir de las líneas anteriores reflexionemos sobre esta idea de que se han perdido valores morales, y lo invito a reflexionar que más bien perduran valores y principios basados en masculinidades añejas del machismo que deben ser cuestionadas y si no funcionan, desterradas de nuestra sociedad.

Contacto: alfonsogomezrossi@gmail.com