No ignoramos que el socio comercial más importante de Estados Unidos es México, y lo que ocurre en el país vecino afecta a nuestro país, como se puede constatar en los artículos que se están publicando sobre el alza del dólar, la baja de los precios del petróleo que están afectando la economía mexicana de maneras que no son agradables ni psicológica y económicamente para Nosotros.
En este caso aplica el dicho del canciller austriaco Clemens Von Metternich sobre la Francia revolucionaria: “Cuando Francia estornuda, a Europa le da gripa,” refrán en el que podríamos sustituir la palabra Estados Unidos por Francia y México por Europa.
Fuera del plano económico uno de los temas que ha sido más indignante en las últimas semanas ha sido la posibilidad aun remota de que Donald Trump, pueda ser candidato a la presidencia estadounidense por parte del partido republicano y que gane las elecciones.
Indignante por la manera en la que se ha referido a los mexicanos, haciendo generalizaciones sobre nuestra personalidad que están alejadas de la realidad de la mayoría de los mexicanos.
El problema, es que entre más estrafalario es su comportamiento, parece que el público conservador de Estados Unidos se entusiasma más con sus afirmaciones.
La pregunta que nos debemos hacer es ¿esto ha pasado antes? ¿Ha habido otro candidato como Trump?
Remontémonos en la historia para entender el fenómeno del populismo conservador que representa Donald Trump.
El primer presidente populista de Estados Unidos fue Andrew Jackson, que encabezó el poder Ejecutivo del vecino del norte de 1829 a 1837.
Su elección significó un cambio en la manera en la que se había dirigido la política nacional; hasta ese momento, los presidentes estadounidenses habían sido caballeros de Virginia en su mayoría, aunque hubo uno de Massachusetts.
Se autodenominaban caballeros, porque en los ideales de la aristocracia del siglo XVIII, tenían una educación basada en el aprendizaje del clasicismo romano y griego. Esta educación se la proporcionaron el capital de sus familias respectivas que habían acumulado capital a través de la explotación de esclavos.
De acuerdo a la percepción de los primeros seis presidentes estadounidenses, la república americana debía ser regida por hombres virtuosos que tuvieran una cultura que no poseían las clases medias y bajas de Estados Unidos.
Pero el plan de una república dirigida por caballeros se enfrentaría con una creciente clase media estadounidense blanca, que sentía que sus intereses no estaban siendo representados por una bola de elitistas que sólo veían los intereses de la plutocracia naciente.
Andrew Jackson fue—como Donald Trump--, el símbolo de una clase que no se identificaba con sus regidores y que propuso darles lo que deseaban.
Jackson era un hombre de la frontera de una clase baja que afirmaba conocer lo que necesitaban los estadounidenses.
El problema fue que lo que quería la clase media americana, era tierra que estaba en posesión de los indígenas que habitaban el país vecino.
Los blancos de clase media deseaban que el gobierno legitimara sus aspiraciones, expulsando a los indígenas de sus tierras ancestrales para entregarles las tierras que serían desocupadas.
Esta entrega se justificaba por el pensamiento racista de que el hombre blanco era superior a los demás, que las tierras en poder de los indígenas estaban siendo desaprovechadas, ya que los indígenas no las trabajaban y también por la creencia del excepcionalísimo estadounidense.
Es aberrante pensar que un grupo de personas pensara que tenía derecho sobre tierras indígenas por los motivos antes mencionados.
El problema fue que Jackson ganó la elección y le dio la razón a sus electores.
Los indígenas fueron desterrados de sus tierras ancestrales para darles cabida a aquellos hombres blancos que se apropiaron de esos territorios implantando el régimen esclavista, y la explotación de la tierra para el cultivo del algodón.
Los indígenas expulsados fueron llevados al oeste en un peregrinar al que se le llamó “el camino de las lágrimas” por el maltrato, las enfermedades y las muertes que hubo en su destierro hacia el occidente.
No me gusta pensar en la historia como un fenómeno circular, en donde la historia se repite, pero Jackson fue el primer populista que le dio a sus electores lo que deseaban, a costa de una minoría desprotegida a la que se le veía como un lastre para la sociedad.
De ganar Trump, deberíamos preguntarnos si cumpliría sus amenazas contra los Mexicanos en Estados Unidos, o si sólo es retórica que quedaría en el tintero después de ganar la elección. Deseamos que no gane, y si lo hace que sus palabras no tengan consecuencias para nuestros ciudadanos en Estados Unidos.
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