Opinión

Reflexiones sobre la primera boda gay en Puebla

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Para los lectores que aún no lo sepan, el sábado pasado se celebró el primer matrimonio entre personas del mismo sexo en Puebla.

A las enamoradas que formalizaron su unión—Lucero Méndez y Guadalupe Gómez--, les mandamos una calurosa felicitación.

Como era de esperarse el matrimonio despertó el recelo y desconfianza en los elementos conservadores de la población que hallan en este tipo de ceremonia un síntoma de la decadencia de la sociedad en la que vivimos.

Son particularmente los ciudadanos de persuasión católica y/o cristiana la que en la mayoría de los casos rechazan que este tipo de relaciones matrimoniales puedan ser verdaderas (http://e-consulta.com/nota/2015-07-08/sociedad/aprobacion-de-bodas-gay-y-aborto-ataques-la-familia-arzobispo).

Le propongo querido Lector, hacer un recuento de por qué el catolicismo en particular tiene un problema tan severo con las bodas gay.

Podemos empezar por muchas épocas históricas pero propongo dos episodios de manera arbitraria para explicar cómo entendió la Iglesia el matrimonio hasta el Concilio Vaticano II.

La Reforma Protestante significó el replanteamiento de varios estilos de vida, entre los que sobresale—para las finalidades de este artículo--, el de las relaciones sexuales.

El Concilio de Trento (1545-1563) que tuvo la finalidad de explicar la doctrina católica frente a las entonces llamadas herejías luterana y calvinista, se estableció que el matrimonio sería considerado desde el principio de los tiempos hasta el final de los mismos como un sacramento—un vehículo para acceder a la gracia divina.

Este sacramento era importante porque su finalidad era perpetuar la especie humana a través de relaciones sexuales reproductivas.

Los cristianos de origen protestante rechazaron la idea de que el matrimonio era un sacramento, refutaron tajantemente que la castidad era una mejor opción de vida que el matrimonio y afirmaron que la vida de celibato de monjas y sacerdotes era un error histórico que no se sustentaba en los evangelios.

Otro momento histórico relevante para el catolicismo y para la homosexualidad contemporánea fue el debate que sostuvieron en Francia los Jansenistas contra los Jesuitas, lid en la que venció la Compañía de Jesús (1640-1669).

En el siglo XVII esta controversia casi olvidada determinó que en el consciente católico se aceptaría sin lugar a dudas que los seres humanos tenemos libre albedrío, es decir la facultad de escoger entre el bien y el mal.

En esta teoría basada en los escritos de San Agustín y la explicación del Padre Luis de Molina S.J. sobre la libertad, los seres humanos escogemos generalmente el mal, pero debemos luchar por alcanzar el bien.

Estos dos hechos—el concilio de Trento del siglo XVI y el debate entre Jansenistas y Jesuitas del siglo XVII--, determinan cómo entiende la iglesia el matrimonio.

Si el fin del matrimonio es la reproducción, las parejas del mismo sexo no pueden generar descendencia y contravienen la idea que sostuvo el Vaticano sobre el matrimonio.

La Iglesia al afirmar que los seres humanos nacen con la facultad de escoger entre el bien y el mal, asume que los homosexuales deliberadamente escogen el mal al aceptar un estilo de vida hedonista.

Lo más interesante es que los argumentos que usa la comunidad LGBT para sostener sus teorías son precisamente las que desechó la Iglesia Católica.

Los protestantes afirmaban que la reproducción no era la base del matrimonio, cosa que aplica para gays y lesbianas.

Cuando un hombre o mujer homosexual afirman que nacieron con esa preferencia, apoyan la teología calvinista de la predestinación, que afirma que el individuo está condenado o salvado desde antes de nacer.

Con lo expuesto ahora, ¡la sorpresa sería que la iglesia católica apoyara el matrimonio gay!