Opinión

Peña y la verdad sospechosa

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“…y verás que en la boca

del que mentir acostumbra,

es la verdad sospechosa”.

Juan Ruiz de Alarcón, en

La verdad sospechosa

Han levantado gran polvareda las declaraciones del secretario de marina, el almirante Vidal Soberón (un militar de carrera), en torno al torbellino nacional largamente incubado y francamente desatado por el crimen de Estado que tiene en condición (no sabemos si provisional o eterna) de desaparecidos a 43 estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa, Guerrero. Desde luego que, tras el dictamen pericial que reconoció los restos óseos de uno de ellos, habrá quien me diga que ya sólo quedan 42 en tan dolorosa condición, pero las diarias y muy malas imitaciones que de Pinocho hace el procurador general de la república, nos llevan a recelar de cada una de sus palabras.

El verbo del almirante Soberón fue ambicioso y abarcador, pues habló con soltura de adolescente respecto de cuestiones tan variadas como la política interior, de temas penales, electorales, y hasta de psicólogo la hizo, al afirmar que los padres de los normalistas desaparecidos protestan porque están siendo manipulados. La amplitud de los temas abarcados con desenfado disfrazado de indignación (pues se dijo francamente encorajinado), nos lleva a preguntarnos hasta dónde puede ser válido que un subalterno, un inferior del presidente, (eso son los militares en el texto constitucional) se permita pontificar sobre temas tan variados y tan evidentemente fuera del alcance de sus facultades legales.

Si habló motu proprio, grave. Si lo hizo por encargo del presidente Peña Nieto, gravísimo.

Estamos frente a un desgaste imparable de la figura presidencial que lleva a Peña Nieto a buscar refugio lo mismo en las faldas de su esposa que en el uniforme de los militares. Su muy errática actuación lo lleva a hundirse a cada paso que da. Su imagen voló por los aires. Carece de toda credibilidad en lo nacional y aun en el resto del mundo, lo cual para el país, es decir, para todos nosotros, es malo, muy malo, porque el referente central de autoridad nacional simplemente se hizo humo.

Recuerdo que en los años en que participé del trabajo sindical, algunos escuchábamos entre divertidos y asustados la despreocupada alegría con que varios compañeros se expresaban en tono casi doctoral respecto de cualquier temática: cuestiones legales, políticas, futbolísticas, astronáutica, ciencias, etcétera. No había tema aborrecido. A todo le entraban. Pero eso se resuelve sin darle mayor importancia a lo que dice una persona en franca abstracción de lo que sucede en este planeta. Pero no se puede simplemente ignorar la palabra de los militares en tiempos de convulsión nacional y ausencia de autoridad.

Respecto de esta actuación del almirante Soberón, surgen obligadas varias preguntas: ¿sustituirá a Osorio Chong en el manejo de la política interna? ¿Con renuncia o sin renuncia de Osorio Chong? ¿Es el nuevo jefe del gabinete federal? ¿Anuncia el retiro de los civiles en las labores de gobierno? ¿Se convertirá en autoridad o consejero del instituto nacional electoral en los próximos conflictos comiciales? ¿Cómo pudo ser posible que no le ganara la risa cuando dijo que el gobierno federal ha sido “extremadamente profesional y paciente” en la atención del caso Ayotzinapa?

Sus vagas acusaciones, sin responsables específicos, contra personas, agrupaciones y partidos “que tratan de desacreditar lo hecho por el gobierno federal”, nos hacen preguntarnos cuál es el alcance que pretende dar a sus palabras. Las leyes se formulan con alcance general, son para todos. Pero una reflexión como la expresada por el titular de la Secretaría de Marina es irresponsable por esquiva: no señala a persona o partido alguno en particular, pero lo dijo para que lo escucháramos todos. Otra pregunta: ¿el almirante pretende dar a su palabra el carácter universal de los mandatos legales o simplemente nos amenaza a todos?

A las 14:00 horas del jueves 11 de diciembre en que concluyo este artículo, el Presidente de la República no ha dicho esta boca es mía, respecto del evidente exabrupto del encargado de la custodia de los litorales mexicanos. Habrá que ver si los militares han decidido adueñarse de la escena, o si el lance sólo imita al sketch “justiciero” de Eugenio Derbez en el Teletón: un asunto acordado, a valores entendidos, sólo para aparentar.

Si el almirante ha pasado a ser el mando supremo, debe saber que controlar la situación nacional le va a costar mucho más trabajo que capturar a Arturo Beltrán Leyva, además de que habría de ser mucho más costoso tapizar de dólares los cuerpos de toda la gente que tendrían que sacrificar si es que en las altas esferas del gobierno federal han decidido ya soltar la represión generalizada.

La “guerra contra el narco”, esa estupidez ideada por Felipe Calderón, y continuada por Enrique Peña Nieto ya dio de sí. Peña Nieto está en los últimos metros antes de caer al barranco de la ingobernabilidad. Aún podría hacer una gran limpia en su gabinete y empezar a meter en orden a los gobernadores. Urge una gran consulta nacional (y no sólo con sus partidos paleros), un nuevo congreso constituyente. Urge que la clase política y la clase empresarial dejen de usar los espejos sólo para peinarse.

Es un grave contrasentido el carácter mediterráneo que han adquirido nuestros marinos. La marina debe volver a sus labores sustanciales, es decir, a custodiar nuestros mares. Peña Nieto debe salir a ponerle los puntos en las íes al alto mando naval. No hacerlo sería el más tétrico de los mensajes en esta hora de mucha sangre y mucho llanto.